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6 de diciembre de 2006

Hacia una sociedad integrada por Ignacio Salinas

Uno de los problemas más evidentes de la sociedad contemporánea es su carácter eminentemente individualista. Esto resulta, cuanto menos, algo ambiguo, ya que aparentemente es contradictorio con la propia naturaleza de lo social. No obstante, es una realidad. La pregunta que nos podemos plantear es: ¿Cómo es posible que en nuestra sociedad proliferen valores tan poco sociales? ¿Por qué está ocurriendo esto? Puede apuntarse una primera razón, que se basa en el profundo cambio que ha experimentado la sociedad en las últimas décadas. Hemos pasado de una economía familiar a otra de mercado, profundamente competitiva, que hace prevalecer el interés individual frente al colectivo. Max Weber ya advertía: “La comunidad de mercado… es la más impersonal en la que los hombres pueden entrar… El mercado, en plena contraposición a todas las otras comunidades, que siempre suponen confraternización personal y casi siempre parentesco de sangre, es en sus raíces, extraño a todo”. Vivimos en un contexto en el que las cosas no significan nada, en el que la manifestación conjunta ha perdido su entidad, y por lo tanto, nos encontramos solos, abandonados ante un mundo incierto que sólo espera para imponerse.

La sociedad individualista es una fractura en la propia experiencia de lo social. Esto no debe sorprendernos, es más, podría definirse incluso la sociedad y el tiempo en el que vivimos como de fractura. Nos encontramos ante un abismo, a punto de caernos por el precipicio de la desesperación, la soledad, el desamparo. Ha habido incluso personas que ya han sucumbido, y muchas veces es difícil rescatarlas. Lo que debemos es retroceder, tomar perspectiva y mirar al horizonte. Sólo será posible alcanzar esto si somos capaces de superar el individualismo, que como se ha dicho es el causante de esta situación. Él ha conseguido romper nuestra fraternidad originaria para establecer un gobierno en el que la dialéctica y la separación son sus máximas. Es una especie de vuelta al estado de naturaleza del que hablaban Locke o Hobbes, salvo que en este caso es de índole política, configuradora del sujeto como ciudadano. El problema es que el individualismo no entiende de leyes, sobre todo de las de carácter ético. La ética sufre un varapalo sin precedentes: desaparece cualquier consideración que tenga en cuenta al otro como otro, como sujeto, como ciudadano, y en definitiva, como persona. Se impone una fría razón instrumental que sólo ve en el prójimo una posibilidad para favorecer un interés particular. Las nociones fundamentales del saber ético tales como bien o justicia quedan relegadas a un interés estratégico, muchas veces de clase. En este sentido, el individualismo puede ser concebido además de en su vertiente más subjetiva, de aislamiento, en otra de grupo, en la que el yo se disuelve entre la multitud, algo que ya preocupaba a Kirkegaard.

La gran inconsistencia del individualismo es que se conforma como una postura que se basa precisamente en la noción de sujeto, pero se olvida de que, como afirma Mounier, “no existe el Yo sin el Otro”. Es decir, intenta fundamentarse en una noción que no comprende, y eso le lleva a perseguir al otro para asimilarlo, ya sea por las buenas o por las malas. No concibe que puedan darse más sujetos simultáneamente. Así, en demasiadas ocasiones, el individualismo se ha transformado en un totalitarismo, que niega la pluralidad y se proclama como único sujeto legítimo. Éste es el individualismo más temible, debido a su enorme fuerza y convicción. Y es que, a pesar de que en épocas pasadas hayamos conseguido derrotarlo, ahora nos encontramos con otros de distinto tipo, desgajados del anterior, que era eminentemente político. De todas maneras, en todos se siguen dando las mismas características generales: un sujeto con enormes ansias de poder (una empresa, un sector radical de una determinada religión, como pueden ser los fundamentalistas islámicos, un grupo social…) intenta imponerse al resto, para acabar estableciéndose como único sujeto de ese ámbito de la realidad. No hay respeto, ni diálogo, ni tolerancia.

La solución a este problema pasa por mostrar a la sociedad entera que para reivindicar nuestra identidad no podemos imponernos al prójimo, sino que desde nuestra diferencia y especificidad fundamental, tenemos que ser capaces de buscar puntos en común. Para ello, debemos fomentar las capacidades individuales, la genuina dimensión personal de cada uno. Cuanto más actualicemos nuestras potencialidades, más humanos seremos, y por lo tanto, más veremos la necesidad de que haya un otro. En definitiva, sólo se podrá hablar de un auténtico progreso cuando éste sea articulado, global y máximamente integrador. El reto queda así planteado. Sólo nos queda intentar resolverlo.

13 de noviembre de 2006

Imaginación frente a realidad: el fenómeno friki por Ignacio Salinas

El fenómeno friki llegó a España hace poco, aunque más bien habría que decir que esa realidad estaba ahí, pero no sabíamos como denominarla. El término friki viene del inglés freak, que significa extravagante, raro o incluso fanático. No obstante, en esta lengua se emplea este término más bien para nombrar a aquellos que quieren llamar la atención, y por eso se comportan de una forma extraña. Lo que nosotros denominamos friki se adecuaría más bien con lo que en inglés se denomina geek.

A todos nos viene a la mente la imagen del algún conocido, o la de alguien que vimos, que lo consideramos un friki. Una persona rara, curiosa, de carácter introvertido y extremadamente aficionada a algún tema extraño. Su estética es característica, y parece acompañarle en su universo de realidad paralela, como un astronauta que lleva su traje espacial no sólo porque lo necesita, sino porque con él se siente preparado psicológicamente para afrontar la nueva realidad a la que se enfrenta. Podría decirse que es una forma de hacerse a su contexto, para que le reciba con el profundo cariño que él también le profesa. El friki construye su mundo, en donde se sumerge con tranquilidad, se siente en casa; un mundo de felicidad paralela donde la imaginación es la que gobierna.

A pesar de lo dicho, la realidad de este fenómeno sociológico no está todavía clara. No sabemos bien qué es realmente un friki: una forma de denominar a un tipo de persona que tiene unos gustos característicos, o bien un insulto, un intento de apuntar con el dedo y reírse del diferente, de aquél que es auténtico y vive como tal. De momento, podemos apuntar un primera característica clara: se es friki, es decir, es algo que conforma un carácter, una forma de ser, y por lo tanto, de enfrentarse a la vida desde un punto de vista distinta al resto. La duda es: este tipo de personas son simplemente originales, o bien son gente rara, “locos” que viven según les marca el hobby que tengan: cartas de rol, videojuegos, películas, cómics o libros de ciencia-ficción… Según parece, se podría más bien decir lo segundo.

El friki es un tipo excesivamente aficionado a determinados hobbies, generalmente relacionados con Internet, en los que se encierra hasta puntos extremos, llegando incluso a distorsionar la realidad. Más que tener ideales propios, se deja llevar por un mundo, que podría decirse que es underground, que le resulta más atractivo, aunque sea falso, no tenga ningún tipo de realidad, y lo único que haga es introducir a sus adeptos en una fantasía de felicidad fingida y de placeres nocivos. Los frikis defienden que encuentran el camino de la vida buena haciendo de una actividad lúdica la razón de su vida. Pues no. Lo único que hacen es confundir la vida con un burdo juego. Sólo se puede vivir en este mundo, porque es el único que hay. Puede que sea muy imperfecto, pero ahí estamos nosotros, cada uno, para cambiarlo. Quien piense que dedicando su vida a adorar tal o cual personaje de película, libro o cómic va por el buen camino, se equivoca absolutamente. Su falsa religión sólo puede encaminarle a una frustración que antes o después aparecerá, y le hará darse cuenta de las fallos que ha cometido, de cómo se ha dejado llevar hacia un camino de oscuridad y simulacro.

La única solución pasa por desaprobar el fenómeno friki, por lo menos en sus manifestaciones más radicales. No se puede permitir que los jóvenes, muchas veces debido a su baja autoestima, caigan en las redes de este nuevo tipo de secta, que homogeneiza a las personas, anulándolas como sujetos independientes y abiertos a la verdadera vida, que sólo puede vivirse en el mundo real, y no en aquél que es fruto de la imaginación. Así, creo firmemente que los frikis deben ser re-orientados hacia la realidad que abandonaron. Es necesario de que con argumentos se les convenza de que se han equivocado. La razón debe prevalecer respecto a la imaginación, que aunque es una parte fundamental de nuestro ser, no puede tomar el control de nuestra vida. La máxima de Marcuse: “La imaginación al poder”, no la entienden bien. La “revolución del 68” buscaba cambiar las cosas, hacer de las utopías proyectos concretos que cambiaran la injusta realidad. Sin embargo, el fenómeno friki no se encamina hacia una mejora de la sociedad, sino que lo que éstos hacen es apartarse de ella, y emplear la imaginación para crear algo sólo para a ellos. La universalidad se rompe, y por lo tanto, desaparece la imaginación, que como utopía, se entrega a la verdad y lucha por que se alcance.

Así, un friki no es alguien que sea original, auténtico, que actúe de la manera en que lo hace por pura conciencia, sino que extrapola una hobby y lo convierte muchas veces en una obsesión. Por favor, no confundamos aquél que lucha por defender aquello que cree que es lo verdadero, lo que es justo, con un friki. Este último lo que debe hacer es moderar sus pasiones y otorgar a sus aficiones el lugar que le corresponden. Todo el mundo tiene hobbies, actividades lúdicas que especialmente le gustan. Por eso no es friki, aunque muchas veces pueda decirse esto. Sólo aquel para el que sus hobbies se conviertan en el fin de su vida, y para ello se aísle del resto, creando una pseudo-realidad en la que lo único que se dé es aquello que impera tal o cual afición, es un friki. Este tipo de personas deben ser ayudadas para que vuelvan a reconducir su vida por los cauces normales, en el mundo real. Se les tiene que enseñar a que utilicen su imaginación para defender proyectos que puedan mejorar el mundo, y no para construir una burbuja de soledad en la que se desvinculen de él.