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24 de diciembre de 2006

La amistad por Ramón Corpas

Todos tenemos amigos, desde que éramos pequeños los hemos tenido, todos. Es especialmente fácil hacer amigos cuando eres un niño, cuando lo único que se necesita para hacer amigos es tener ganas de jugar. Los problemas empiezan más adelante conforme se fragua un contexto dentro del cual los niños han de encajar so pena de ser desterrados del grupo. Esta situación alcanza un período crítico en la pubertad y a partir de ahí, con la madurez, todos pasan a llevarse más o menos bien, o por lo menos empiezan a comportarse y no se pegan cada dos por tres.

La amistad generalmente es malinterpretada por el concepto de “llevarse bien”, pero no es lo mismo. Si dos personas se llevan bien significa que disfrutan de la compañía del otro, se podría decir, que experimentan un cierto placer derivado de una conversación con la otra persona o de practicar una cierta actividad con ella: deporte, jugar a cartas… Sin embargo, la amistad a pesar de englobar esto, también tiene otra característica muy importante: la confianza.

Amigo es aquel a quien podemos contar nuestros secretos, aquel con quien podemos compartir nuestras vivencias y pedir consejo. Se podría decir que la amistad se puede medir por la intimidad de la información que se confía a la otra persona. Pero no solo eso, también confiamos en nuestros amigos cuando necesitamos ayuda. Si necesitamos un favor lo harán para nosotros, pero también es propio de la amistad el saber hasta dónde se puede pedir.

La amistad es algo recíproco, se da en dos direcciones. Así pues, también estamos dispuestos a dar todo lo que podemos pedir. Se dice que cuando se hacen favores no se pide nada a cambio, pero eso no es cierto, a cambio se quiere saber que el otro estará dispuesto a hacer lo mismo o más por nosotros. ¿Quién querría como amigo a alguien que no se preocupa por él, a alguien que le dejara tirado si se diera la ocasión en que necesitara ayuda?

Por otro lado, hemos de decir que la amistad no lo puede todo, y que el trato asiduo es necesario para mantenerla viva. Es cierto que si no hemos visto a un amigo en mucho tiempo la amistad se ha podido resentir, pero es probable que conservemos un gran afecto por los antiguos amigos.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que para hacer amistades es necesario tener puntos de vista en común con la otra persona, es mucho más fácil ser amigo de alguien que piensa como uno mismo que de alguien que piensa de forma distinta. En este punto son muy importantes los estereotipos, es mucho más fácil entablar una relación con alguien de mente abierta que deshecha los estereotipos que con alguien incapaz de cambiar de opinión.

Por último, diré que no hace falta ninguna actitud especial para hacer amigos, si bien algunas personas son más populares debido a su carácter cualquier persona con sentido común que sea capaz de tratar a otra persona con respeto puede tener amigos, ya que son aquellos que tratan mal a los demás son los que terminan solos.

¿Qué es más importante: la libertad o la seguridad? por Ramón Corpas

Generalmente reconocemos a las personas por su apariencia física ya que es la primera que apreciamos, sin embargo, el hombre es mucho más que eso, de hecho, si nos preguntaran quién es alguien, más que a su cuerpo nos referiríamos a su personalidad. Por eso mismo tenemos problemas con el trato a gente en estado vegetal, no sabemos qué son, si siguen siendo ellos o si no son más que una cáscara vacía.

Es curioso cómo ni siquiera sabemos qué o quiénes somos, no sabemos cómo hemos llegado a ser la persona que somos. Es indiscutible el hecho de que todas nuestras experiencias nos afectan de forma que terminamos siendo como somos. El hecho es que estas experiencias hacen que tengamos una ideología general de la que nos es imposible escapar, la cultura.

La cultura cambia según lugares y personas, en distintos países existen distintas formas de pensar y de interpretar el mundo, pero todos somos humanos y eso hace que dentro de nuestras diferencias se hallen infinidad de semejanzas. Por ejemplo surgen similitudes extraordinarias en las etapas de desarrollo de los imperios. Los imperios tienen un primer momento de ampliación territorial. Más adelante, cuando este momento cesa, es cuando el imperio empieza a vivir, se fraguan las instituciones y las ideologías y generalmente (por no decir siempre) se agrupa a la población alrededor de una religión con sus normas y ceremonias. Existe una gran intransigencia hacia aquellos que romper las reglas de juego. Por último existe un tercer momento de decaimiento y degeneración en el que las personas ya han alcanzado un cierto bienestar y sólo se dedican a disfrutar. Es en este último momento en el que vivimos, en su principio por lo menos.

Hoy en día la diversión de los jóvenes es emborracharse e irse de marcha, y en un país como este en el que, al fin y al cabo la mayoría de las personas son bastante más vagas que en otros y estamos bastante más dados a la fiesta, no está demasiado mal visto. Últimamente lo que está de moda es el botellón. Esto se puede mirar de dos formas, como un grupo de amigos que se juntan para estar y hablar y que de paso, se toman un par de copas, o como un grupo de jóvenes degenerados, vagos y delincuentes que se juntan para emborracharse, ensuciar y destruir todo lo que encuentran a su paso. Yo abogo por un término medio, es cierto que los jóvenes no siempre recogen lo que usan y aunque, de vez en cuando, hay algún exaltado que hace destrozos por la ciudad, la mayoría se comporta, más o menos.

En el fondo se trata del debate libertad-seguridad, el hecho de que sea visto así muestra que vivimos en aquél tercer momento del que hablaba, pues no se trata realmente de decidir ente libertad o seguridad, sino más bien entre seguridad y libre albedrío. En última instancia se trata de descubrir cómo se es más libre. En este mundo en el que vivimos los significados de las palabras han sido alterados de forma inimaginable, e igual que la verdad ha sido sustituida por la certeza, la libertad ha sido suplantada por el libre albedrío. Así, hemos llegado a la anarquía ideológica en la que se cree que las normas, todas las normas, coartan la libertad (por eso está mal visto decir que no todas las opiniones son igual de respetables), cuando el hombre sólo puede ser realmente libre si se rige por ellas. Entiéndase bien, las normas pueden coartar la libertad, pero sólo las malas leyes. El hombre no sería más libre por no vivir según leyes, vivir en la naturaleza como los animales, de hecho, si así fuera, el ser humano dejaría de ser persona, animal racional, para convertirse en sólo animal.

A las personas nos gusta tener control, conocer las leyes de comportamiento de personas y objetos, nos gusta vivir seguros, pero llega un momento en el que la vida se da por garantizada y entonces se descuida. Vivimos en un mundo en el que no nos preocupamos por nuestras necesidades básicas porque las damos por supuestas, lo mismo ocurre con la seguridad, por eso hay personas que quieren vivir aventuras, salir de la rutina porque es algo que creen que tienen garantizado, por eso no nos damos cuenta de la importancia de las cosas hasta que las perdemos. En este ensayo no pretendo juzgar si debemos vivir todos de la forma más casta renunciando a toda comodidad o si simplemente debemos dejarnos llevar, sólo presento los hechos. Lo único que pretendo es lanzar un aviso de que no se tomen decisiones a la ligera, ya que cada pequeña decisión nos lleva a vivir una experiencia que nos forma, tanto a nosotros, como al resto de gente de este planeta, creando y destruyendo culturas, creando y destruyendo vidas.