27 de noviembre de 2006

Abrazos contra el individualismo por Jaime Nubiola

Desconozco el porqué pero siempre he asociado el término "individualismo" a la angustiosa figura de El pensador de Rodin. En 1995, mientras estaba en la Universidad de Stanford escribiendo mi libro El taller de la filosofía pude admirar una de las copias que hizo el escultor, situada entonces al aire libre frente a la magnífica Meyer Library de aquella Universidad. Me impresionó profundamente la enorme tristeza condensada en aquella estatua de una tonelada de bronce delante de aquel enorme almacén de libros.

De hecho en la primera página de mi libro expliqué que su origen se remontaba a la lectura —veinte años atrás— de los estudios de Ernst Gombrich sobre el trabajo de los artistas en las encrucijadas de la historia del arte. El abigarrado taller de un artista del Renacimiento, con sus maestros, aprendices y la mutua colaboración, me había parecido siempre una representación muchísimo más acertada del trabajo de un profesional de la filosofía que la sombría figura de El pensador de Rodin o la de Descartes solitario junto a la estufa. Siempre pensé que el trabajo en filosofía debía ser un trabajo eminentemente cooperativo y comunicativo, no una aventura solitaria parecida a la del náufrago abandonado a su suerte o a la del corredor de maratón que sólo puede confiar en sus propias fuerzas. La filosofía es un trabajo en colaboración con todos los que nos han precedido en esta maravillosa aventura de pensar, con los que viven ahora —con quienes podemos dialogar y de los que podemos aprender— y con los que vendrán después de nosotros. Además, la imagen del taller destaca bien el carácter gremial propio de los saberes artesanales que ambas profesiones —la del filósofo y la del artista— comparten y también cierto sentido manual que tiene la filosofía cuando, por ejemplo en este Grupo, se pone el acento en la escritura.

Tengo para mí que quienes se refugian en la soledad por preservar su originalidad no merecen ni el nombre de filósofos, pues no buscan ni la verdad ni la sabiduría. A este respecto me viene a menudo a la memoria aquellas líneas de Machado que pongo en mis exámenes a mis estudiantes para que las comenten libremente:

"En mi soledad
he visto cosas muy claras,
que no son verdad".
Proverbios y cantares, 1919


El individualismo moderno de cuño cartesiano, tan en boga en la cultura dominante, me parece una forma totalmente distorsionada de comprender al ser humano. Como sugiere la escultura de Rodin, el individualismo lleva a creer que el ser humano mediante la reflexión se aísla, se torna un individuo separado de los demás. Me parece que la verdad es todo lo contrario. El uso de la razón nos lleva a los seres humanos a volcarnos en los demás. En el caso de los filósofos nos mueve a tratar de encontrar razones y argumentos que hagan nuestras vidas —y las de quienes nos leen o escuchan— más humanas, más amables y a aprender a explicárselos a los demás de manera persuasiva.

Me ha impresionado la historia de Juan Mann y el movimiento internacional "Free Hugs". El vídeo en YouTube es conmovedor. Frente al individualismo dominante un joven australiano empieza a regalar abrazos gratis en las calles de Sydney —"A veces todo lo que necesitas es un abrazo", dice— y su ejemplo está recorriendo el mundo. Nosotros los filósofos regalamos abrazos a nuestros lectores cuando les damos argumentos y razones para abrirse a los demás, para no encerrarse en un individualismo destructor. Por eso, cuando pensamos con radicalidad y comunicamos lo pensado a los demás estamos dando abrazos contra el individualismo.

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