24 de diciembre de 2006

Amistad y significado por Borja Valcarce

La amistad es uno de los temas filosóficos por antonomasia. Platón describió la amistad de una forma sumamente curiosa que no puede dejar de ser explicada en este texto. Para este autor, la amistad aparece como una consecuencia necesaria del conocimiento de lo “realmente real”, es decir, cuando una persona alcanza la sabiduría- para él la Idea de Bien- debe enseñarla a los demás, porque sino, no la ha conocido realmente. De hecho, la teoría platónica, al igual que la moral imperante en aquella época, exigía beneficiar a los amigos y atacar a los enemigos.[1]

Aristóteles, por su parte, desarrolló un concepto de amistad extenso y coherente con su entero cuerpo filosófico.[2] Para el estagirita la amistad “es una virtud o va acompañada de virtud y además es lo más necesario para la vida”[3]. Pues bien, dejando de lado los tres tipos de amistad que recoge Aristóteles[4], se puede decir que en la actualidad el verdadero sentido de la amistad se ha perdido. De hecho, una de las bases de la amistad se basa en la comunión de intereses, si es amistad perfecta, que es la que consideramos como paradigma de la verdadera amistad, y esto ya no se tiene en cuenta. Las relaciones de amistad, al igual que la entera realidad, han quedado degradadas a simples relaciones de interés o utilidad.

De hecho, esto es tan cierto, que el propio MacIntyre hablando de la dependencia que los seres humanos tenemos los unos de los otros[5], y no solo por alguna discapacidad física o psicológica, afirma, en última instancia, que la amistad, como virtud, es uno de los cauces necesarios para entender los sentimientos del otro[6]. Por esto, puede afirmar que “al hacerse efectivamente responsable uno aprende no sólo a hablar al otro, sino a hablar por el otro. En ese momento, dos individuos llegan a ser amigos en el sentido preciso de la palabra, (por el contrario)-continua- uno sigue siendo prisionero de sus prejuicios compartidos en la medida en que permanezca atrapado en relaciones y compromisos de reciprocidad”[7]. Así, este tipo de relaciones no pueden ser catalogadas como “amistosas” por su esencial utilitarismo.

Es más, a mi entender se hace necesario recuperar el imperativo categórico kantiano[8] y aplicarlo al orden de la amistad para que el ser humano sea tratado como fin en sí mismo y no como puro medio. En una sociedad en la que la persona es tratada de esta forma, es decir, con auténtica benevolencia[9], se puede afirmar con R. Spaemann que “la amistad es un regalo libre y una libre elección. […] Amigos verdaderos se pueden tener sólo en un número tan reducido que la entrega a ellos no se convierta en asunto de consideraciones en torna a la justicia[10]. Esta idea ya fue recogida antes por Aristóteles cuando afirmaba que “es natural, sin embargo, que tales amistades sean raras, porque los hombres así son pocos. Además, requieren tiempo y trato”[11].

De hecho, en una sociedad en la que prima el individualismo, la amistad queda reducida a un mero hecho, ya no necesario por la propia naturaleza del hombre que, tal como Aristóteles lo describió, es un “animal social por naturaleza”, sin un significado bien determinado y establecido, sino como una noción, que al perder su significación, ha quedado reducida a relaciones interesadas y utilitarias en las que el ser humano se ve reducido a lo qué tiene y no a lo qué es.

Nunca ha quedado mejor explicado este problema del “entre” que de la siguiente manera: “La forma como las personas tratan a las personas resulta del modo como las personas se dan unas a otras”[12]. Por lo tanto, el problema que se ha radicalizado en la sociedad contemporánea es la pérdida del verdadero significado que implica una “amistad perfecta”. “Pero la amistad perfecta es la de los hombres buenos e iguales en virtud; porque éstos quieren el bien el uno del otro en cuanto son buenos, y son buenos en sí mismos; y los que quieren el bien de sus amigos por causa de éstos, son los mejores amigos, puesto que es por su propia índole que tienen esos sentimientos y no por accidente; de modo que su amistad permanece mientras son buenos, y la virtud es una cosa permanente”[13].

Para finalizar, soy incapaz de sustraerme a la tentación de mostrar una de las formas más bellas, y en una de las lenguas más líricas y rítmicas, en las que la amistad ha quedado reflejada[14]:

Ondas do mar de Vigo,

¿Se vistes meu amigo?

¿E-ai Deus- se verrá cedo?

ondas do mar levado,

¿Se vistes meu amado?

¿E-ai Deus- se verrá cedo?

¿Se vistes meu amigo

o por que eu sospiro?

¿E-ai Deus- se verrá cedo?

¿Se vistes meu amado

que me ten en coidado?

¿E-ai Deus- se verrá cedo?[15]



[1] Platón en La República trata de criticar la noción griega de la amistad como beneficio del amigo y ataque al enemigo que defiende Céfalo utilizando las palabras de Simónides, pero al final acaba admitiendo que es así, pero no por las razones que expone su oponente, sino porque el tema principal al que se refería la discusión era el de la justicia.

[2] Aristóteles, Ética a Nicómaco Libro VIII Clásicos Políticos, Madrid 2002

[3] Ibid., 1155a

[4] Amistad por interés, amistad por utilidad y amistad perfecta. Ibid 1156a-1157a

[5] Alasdair MacIntyre, Animales racionales y dependientes, Paidos Básica, Barcelona 2001

[6] ¿Qué clase de amistad es necesaria? […] El ser humano aprende a examinarse a sí mismo cuando es examinado por los demás y aprende a entenderse a sí mismo cuando tratan de entenderlo los demás. Ibid 173-174

[7] Ibid 176 y 181

[8] Kant, Crítica de la razón práctica

[9] Para este autor el acto mayor de la benevolencia es el de la amistad aunque, evidentemente no reduce la benevolencia únicamente a la realidad conformada por la amistad.

[10] Robert Spaemann, Felicidad y Benevolencia p. 169 Ediciones Rialp Madrid 1991

[11] Op cit. 1156b – 1157a

[12] Robert Spaemann, Personas p.177 Ediciones Eunsa Pamplona 2000

[13] Op Cit. Ética a Nicómaco 1156b

[14] Martin Codax Ondas do mar de Vigo Pergamino de Vingel (Pierpont Morgan Library, New York, Vindel MS M979)

[15] Ondas del mar de Vigo, /¿habéis visto a mi amigo? / Ay, Dios! ¿vendrá pronto? / Ondas del mar alzado, / ¿habéis visto a mi amado? / ¡Ay, Dios! ¿vendrá pronto? / ¿Habéis visto a mi amigo, / aquel por quien yo suspiro? / ¡Ay, Dios! ¿vendrá pronto? / ¿Habéis visto a mi amado, / por quien siento gran cuidado? / ¡Ay, Dios! ¿vendrá pronto?

Porque nuestro descanso es nuestro lugar por Elsa Muro

No sé exactamente cómo comienza una amistad. Sólo sé que conforme avanza la vida, una va conociendo cada vez más y más gente, y que la gran mayoría se aloja en esa parte de la memoria que no recuerda emociones, sino sólo imágenes que no dejaron rastro en el corazón. Aquella profesora morena que me daba matemáticas en tercero de EGB, el vecino que se mudó con la familia a otro barrio antes de que llegara a hablar una sola vez con él, o el señor que esta tarde me ha vendido media docena de castañas en la esquina del bar Molino. Todos ellos tienen su sitio en mis recuerdos, sí, pero no han contribuido apenas a eso que yo soy.

Sin embargo, en otra parte de mi colección de vivencias, hay un considerable número de personas que, cuando las traigo a la conciencia, reproducen en mí, a veces con menos, otras con más intensidad, los sentimientos que nacieron al conocerlas. Me viene a la memoria, por ejemplo, la señora que me defendió de un indigente borracho que me asaltó de pequeña, un día que caminaba hacia mi colegio. O aquel señor que, con cara de padre, me echó una gran bronca el otro día desde su coche por cruzar con el semáforo en rojo. Son personas que despertaron algo en mí, y cuando pienso que seguramente no les volveré a ver, me pena no haber aprovechado para conversar más con ellos cuando tuve la ocasión.

Creo que un amigo pertenece a este segundo grupo de gente, a esta clase de seres que entran en la vida de una con una gracia especial, manifestando una inquietante sintonía con lo que una es, y que logran tomar asiento en la memoria emocional. Es algo misterioso, si se piensa, el fenómeno de caerse bien. Una conoce a alguien un día cualquiera y, sin saber explicar por qué, le entiende, siente gusto, placer por saber de la existencia de esa persona que resulta entrañable y familiar.

Pero un amigo es mucho más que esa simpatía inicial. Porque un amigo, además, se queda. Generalmente por circunstancias no buscadas, la vida misma se encarga de que, de vez en cuando, dos personas que se han entendido mutuamente en un primer encuentro, tengan ocasión de conocerse más. La gente no hace amigos en el supermercado o en un paso de cebra. Normalmente, las amistades brotan en áreas de vida en común, como pueden ser el colegio, la universidad, o el trabajo. Quizá en esto tenga mucho que ver el hecho de que la amistad se da entre iguales, entre personas con los mismos intereses, con una edad próxima, que viven una cotidianeidad cercana. Pero creo que hay otra razón de más peso todavía, y es el hecho de que una amistad requiere ser alimentada a lo largo del tiempo. No basta con caerse bien: la señora que me salvó de pequeña del borracho callejero no es mi amiga, sino alguien que no pudo evitar sentir compasión por mí, y que sencillamente actuó en coherencia con su instinto.

Dos son, pues, al menos, los ingredientes de la amistad: semejanza y hábito. Lo primero es involuntario: simplemente ocurre o no. El hábito, en cambio, sí se construye por la voluntad, aunque también tiene un componente ajeno a la propia libertad (una cercanía espacio-temporal en la vida).

En mi opinión, lo más interesante desde el punto de vista filosófico es esa primera causa de la amistad, la semejanza. San Agustín decía, muy agudamente, que el amor (y la amistad no es sino uno más de los colores afectivos que puede tener el amor) es como un peso, porque mueve al ser humano a aquellos lugares donde éste encuentra el reposo. Encontrar reposo: qué exactísima metáfora. Porque precisamente un amigo es alguien con quien una puede relajarse, alguien con quien se puede suspender todo ese mecanismo psicológico de autodefensa que provoca el miedo a ser juzgado por lo que se hace. Como cantaba un poema de Saint-Exupéry, un amigo no te evalúa por tus andanzas ni por tus fórmulas, sino que observa éstas con la indulgencia propia el amor. No son las propias acciones las que le informan de quién eres, sino que precisamente por aceptar lo que eres, las juzga con benevolencia.

Todos tenemos un lugar, una vocación, todos estamos llamados, como desde lejos, a algo. Con el tiempo, créanme, he aprendido que se sabe cuál es el propio lugar a través de señales muy claras. Una de esas señales es el sentimiento de paz, de reposo que se halla al hacer aquello para lo que una sirve por naturaleza. El encuentro con un amigo es un lugar de descanso. Porque la amistad se caracteriza por el sosiego que otorga el ser recibido con gusto precisamente por lo que se es. La amistad supone encontrar el propio lugar en el otro a través del amor. Encontrar el propio lugar es encontrarse a una misma, y esto no ocurre en la soledad del yo, sino en el tú. Como dijo el poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson, “un amigo es una persona con la que se puede pensar en voz alta”. Pensar es algo así como hablarse a una misma, y hablar a un amigo es hablar a alguien como me hablo a mí: es identificarme en el otro.

Hace poco, en un seminario de filosofía, conocí a una profesora argentina que en un principio me intimidó un poco, pero con la que, al cabo de unas horas de haberla conocido, en la cena que se organizó para darle la bienvenida a Pamplona, entablé una de esas conversaciones en las que una siente la extraña impresión de ser íntimamente comprendida. Como creo que ella sintió algo parecido, decidimos continuar esa conversación a través del correo electrónico, y hace poco me escribió algo que, por otra curiosa casualidad, tiene mucho que ver con el tema que hoy nos ocupa. En respuesta a mis dudas sobre la falta de autenticidad que suele acompañar a la compasión y al pánico a no ser querida, me dijo: “Elsa, en la vida lo más difícil que hay es seguir el propio deseo”. No tengo ahora espacio ni tiempo para explicar a fondo esta idea. La dejo así, en el aire, para que quien me lea no encuentre excusa para dejar de pensar, y se dé cuenta, tal vez, del valioso tesoro que entraña la amistad.

La amistad por Ramón Corpas

Todos tenemos amigos, desde que éramos pequeños los hemos tenido, todos. Es especialmente fácil hacer amigos cuando eres un niño, cuando lo único que se necesita para hacer amigos es tener ganas de jugar. Los problemas empiezan más adelante conforme se fragua un contexto dentro del cual los niños han de encajar so pena de ser desterrados del grupo. Esta situación alcanza un período crítico en la pubertad y a partir de ahí, con la madurez, todos pasan a llevarse más o menos bien, o por lo menos empiezan a comportarse y no se pegan cada dos por tres.

La amistad generalmente es malinterpretada por el concepto de “llevarse bien”, pero no es lo mismo. Si dos personas se llevan bien significa que disfrutan de la compañía del otro, se podría decir, que experimentan un cierto placer derivado de una conversación con la otra persona o de practicar una cierta actividad con ella: deporte, jugar a cartas… Sin embargo, la amistad a pesar de englobar esto, también tiene otra característica muy importante: la confianza.

Amigo es aquel a quien podemos contar nuestros secretos, aquel con quien podemos compartir nuestras vivencias y pedir consejo. Se podría decir que la amistad se puede medir por la intimidad de la información que se confía a la otra persona. Pero no solo eso, también confiamos en nuestros amigos cuando necesitamos ayuda. Si necesitamos un favor lo harán para nosotros, pero también es propio de la amistad el saber hasta dónde se puede pedir.

La amistad es algo recíproco, se da en dos direcciones. Así pues, también estamos dispuestos a dar todo lo que podemos pedir. Se dice que cuando se hacen favores no se pide nada a cambio, pero eso no es cierto, a cambio se quiere saber que el otro estará dispuesto a hacer lo mismo o más por nosotros. ¿Quién querría como amigo a alguien que no se preocupa por él, a alguien que le dejara tirado si se diera la ocasión en que necesitara ayuda?

Por otro lado, hemos de decir que la amistad no lo puede todo, y que el trato asiduo es necesario para mantenerla viva. Es cierto que si no hemos visto a un amigo en mucho tiempo la amistad se ha podido resentir, pero es probable que conservemos un gran afecto por los antiguos amigos.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que para hacer amistades es necesario tener puntos de vista en común con la otra persona, es mucho más fácil ser amigo de alguien que piensa como uno mismo que de alguien que piensa de forma distinta. En este punto son muy importantes los estereotipos, es mucho más fácil entablar una relación con alguien de mente abierta que deshecha los estereotipos que con alguien incapaz de cambiar de opinión.

Por último, diré que no hace falta ninguna actitud especial para hacer amigos, si bien algunas personas son más populares debido a su carácter cualquier persona con sentido común que sea capaz de tratar a otra persona con respeto puede tener amigos, ya que son aquellos que tratan mal a los demás son los que terminan solos.

¿Qué es más importante: la libertad o la seguridad? por Ramón Corpas

Generalmente reconocemos a las personas por su apariencia física ya que es la primera que apreciamos, sin embargo, el hombre es mucho más que eso, de hecho, si nos preguntaran quién es alguien, más que a su cuerpo nos referiríamos a su personalidad. Por eso mismo tenemos problemas con el trato a gente en estado vegetal, no sabemos qué son, si siguen siendo ellos o si no son más que una cáscara vacía.

Es curioso cómo ni siquiera sabemos qué o quiénes somos, no sabemos cómo hemos llegado a ser la persona que somos. Es indiscutible el hecho de que todas nuestras experiencias nos afectan de forma que terminamos siendo como somos. El hecho es que estas experiencias hacen que tengamos una ideología general de la que nos es imposible escapar, la cultura.

La cultura cambia según lugares y personas, en distintos países existen distintas formas de pensar y de interpretar el mundo, pero todos somos humanos y eso hace que dentro de nuestras diferencias se hallen infinidad de semejanzas. Por ejemplo surgen similitudes extraordinarias en las etapas de desarrollo de los imperios. Los imperios tienen un primer momento de ampliación territorial. Más adelante, cuando este momento cesa, es cuando el imperio empieza a vivir, se fraguan las instituciones y las ideologías y generalmente (por no decir siempre) se agrupa a la población alrededor de una religión con sus normas y ceremonias. Existe una gran intransigencia hacia aquellos que romper las reglas de juego. Por último existe un tercer momento de decaimiento y degeneración en el que las personas ya han alcanzado un cierto bienestar y sólo se dedican a disfrutar. Es en este último momento en el que vivimos, en su principio por lo menos.

Hoy en día la diversión de los jóvenes es emborracharse e irse de marcha, y en un país como este en el que, al fin y al cabo la mayoría de las personas son bastante más vagas que en otros y estamos bastante más dados a la fiesta, no está demasiado mal visto. Últimamente lo que está de moda es el botellón. Esto se puede mirar de dos formas, como un grupo de amigos que se juntan para estar y hablar y que de paso, se toman un par de copas, o como un grupo de jóvenes degenerados, vagos y delincuentes que se juntan para emborracharse, ensuciar y destruir todo lo que encuentran a su paso. Yo abogo por un término medio, es cierto que los jóvenes no siempre recogen lo que usan y aunque, de vez en cuando, hay algún exaltado que hace destrozos por la ciudad, la mayoría se comporta, más o menos.

En el fondo se trata del debate libertad-seguridad, el hecho de que sea visto así muestra que vivimos en aquél tercer momento del que hablaba, pues no se trata realmente de decidir ente libertad o seguridad, sino más bien entre seguridad y libre albedrío. En última instancia se trata de descubrir cómo se es más libre. En este mundo en el que vivimos los significados de las palabras han sido alterados de forma inimaginable, e igual que la verdad ha sido sustituida por la certeza, la libertad ha sido suplantada por el libre albedrío. Así, hemos llegado a la anarquía ideológica en la que se cree que las normas, todas las normas, coartan la libertad (por eso está mal visto decir que no todas las opiniones son igual de respetables), cuando el hombre sólo puede ser realmente libre si se rige por ellas. Entiéndase bien, las normas pueden coartar la libertad, pero sólo las malas leyes. El hombre no sería más libre por no vivir según leyes, vivir en la naturaleza como los animales, de hecho, si así fuera, el ser humano dejaría de ser persona, animal racional, para convertirse en sólo animal.

A las personas nos gusta tener control, conocer las leyes de comportamiento de personas y objetos, nos gusta vivir seguros, pero llega un momento en el que la vida se da por garantizada y entonces se descuida. Vivimos en un mundo en el que no nos preocupamos por nuestras necesidades básicas porque las damos por supuestas, lo mismo ocurre con la seguridad, por eso hay personas que quieren vivir aventuras, salir de la rutina porque es algo que creen que tienen garantizado, por eso no nos damos cuenta de la importancia de las cosas hasta que las perdemos. En este ensayo no pretendo juzgar si debemos vivir todos de la forma más casta renunciando a toda comodidad o si simplemente debemos dejarnos llevar, sólo presento los hechos. Lo único que pretendo es lanzar un aviso de que no se tomen decisiones a la ligera, ya que cada pequeña decisión nos lleva a vivir una experiencia que nos forma, tanto a nosotros, como al resto de gente de este planeta, creando y destruyendo culturas, creando y destruyendo vidas.

La fuerza de la amistad por Jaime Nubiola

En el pasado agosto, las vacaciones en el Pirineo de Huesca con sus majestuosas cumbres, las verdes y empinadas laderas, los valles de origen glaciar con neveros e ibones, trajeron a mi memoria aquella formidable escena que relata Saint-Exupery en Tierra de hombres de su amigo piloto accidentado en medio de los Andes. Merece la pena recordarla para advertir el contraste entre la precariedad del amor y de la amistad en nuestra sociedad y la fuerza efectiva de estos vínculos afectivos.

Se trataba del avión postal que llevaba el correo desde Santiago de Chile a Mendoza. Al cruzar los Andes, un terrible temporal derriba al pequeño avión sobre las montañas. Una vez liberado de la cabina destrozada, el piloto ileso comienza a caminar en la dirección en que, piensa, puede encontrar antes socorro. Pero los Andes son inmensos y las fuerzas físicas y los alimentos muy limitados. «En la nieve —contaba el piloto— se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, uno sólo quiere dormir. Era lo que yo deseaba. Pero me decía a mí mismo: si mi mujer cree que estoy vivo, sabe que camino. Mis camaradas saben que camino. Todos ellos confían en mí y soy un cerdo si no camino.»

El amor a su mujer y la lealtad a sus amigos le mantienen en pie y, cuando está ya a punto de abandonarse agotado sobre la nieve, el recuerdo de que hace falta recuperar el cadáver para que su mujer pueda cobrar su seguro de vida le da nuevas fuerzas para seguir adelante. "En caso de desaparición —explica Saint-Exupery— se tarda cuatro años en declarar la muerte legal. Este detalle te hizo reaccionar, borró las otras imágenes. Tú estabas boca abajo en una pronunciada pendiente de nieve. Al llegar el verano, tu cuerpo rodaría con el barro hasta una de las mil grietas de los Andes. Lo sabías. Pero también sabías que una roca se alzaba delante de ti, a cincuenta metros: «Pensé: si me pongo de pie, tal vez podré llegar hasta ella. Y si me quedo en la piedra, al llegar el verano lo encontrarán.» Una vez en pie, anduviste durante dos noches y tres días hasta que te encontraron". La historia pone la piel de gallina: nos emociona comprobar que el amor a su esposa le salvó a Guillaumet literalmente la vida.

Una historia como ésta permite entender bien que la calidad de una vida —parafraseando a Saint-Exupery— está en función de la calidad de los vínculos afectivos libremente elegidos. Son el amor y la amistad los que nos salvan a todos la vida. En su luminoso ensayo "La amistad, un tesoro" la filósofa Ana Romero ha escrito que "queremos tener amigos en la vida para no estar solos —a veces se siente la soledad incluso estando rodeados de gente—, para vivir la vida más a fondo y para disfrutarla de verdad. Como escribió Aristóteles, «sin amigos nadie querría vivir aun cuando poseyera todos los demás bienes»." Esto debería ser así de claro para todos; sin embargo, en la cultura dominante el amor verdadero y la amistad sólida son más bien infrecuentes. Nuestros jóvenes quizás incluso los rehúyen por el compromiso que tantas veces implican. Los vínculos afectivos fuertes son ataduras que nos hacen dependientes de los demás y, por tanto, que nos hacen más vulnerables. El sufrimiento de quienes queremos nos hace sufrir a nosotros también.

Mi buen amigo, el filósofo venezolano Rafael Tomás Caldera, llamó mi atención sobre las sugestivas palabras de Joan Manuel Serrat al recibir el pasado mes de mayo el doctorado honoris causa en la Universidad Complutense. En aquel discurso —que merece una lectura completa— el admirado cantautor realiza un encendido elogio del oficio de hacer canciones, reivindica los valores de la libertad y la justicia como una misma cosa, y en particular hace una maravillosa defensa de la amistad como aquello que ha dado sentido a su vida: "esta distinción —terminaba Serrat su discurso— es el fruto de algo tan simple y preciado como el cariño. Así lo entiendo y lo agradezco. Si para algo vale la pena vivir es para querer y ser querido. Es lo que mueve mis pasos. Probablemente, a lo largo de mi vida no haya hecho otra cosa que lo que estoy tratando de hacer ahora mismo: que me quieran mis amigos. Y tener cada vez más. Que es la única acumulación que merece la pena en la vida y por la que no se pagan impuestos".

6 de diciembre de 2006

Hacia una sociedad integrada por Ignacio Salinas

Uno de los problemas más evidentes de la sociedad contemporánea es su carácter eminentemente individualista. Esto resulta, cuanto menos, algo ambiguo, ya que aparentemente es contradictorio con la propia naturaleza de lo social. No obstante, es una realidad. La pregunta que nos podemos plantear es: ¿Cómo es posible que en nuestra sociedad proliferen valores tan poco sociales? ¿Por qué está ocurriendo esto? Puede apuntarse una primera razón, que se basa en el profundo cambio que ha experimentado la sociedad en las últimas décadas. Hemos pasado de una economía familiar a otra de mercado, profundamente competitiva, que hace prevalecer el interés individual frente al colectivo. Max Weber ya advertía: “La comunidad de mercado… es la más impersonal en la que los hombres pueden entrar… El mercado, en plena contraposición a todas las otras comunidades, que siempre suponen confraternización personal y casi siempre parentesco de sangre, es en sus raíces, extraño a todo”. Vivimos en un contexto en el que las cosas no significan nada, en el que la manifestación conjunta ha perdido su entidad, y por lo tanto, nos encontramos solos, abandonados ante un mundo incierto que sólo espera para imponerse.

La sociedad individualista es una fractura en la propia experiencia de lo social. Esto no debe sorprendernos, es más, podría definirse incluso la sociedad y el tiempo en el que vivimos como de fractura. Nos encontramos ante un abismo, a punto de caernos por el precipicio de la desesperación, la soledad, el desamparo. Ha habido incluso personas que ya han sucumbido, y muchas veces es difícil rescatarlas. Lo que debemos es retroceder, tomar perspectiva y mirar al horizonte. Sólo será posible alcanzar esto si somos capaces de superar el individualismo, que como se ha dicho es el causante de esta situación. Él ha conseguido romper nuestra fraternidad originaria para establecer un gobierno en el que la dialéctica y la separación son sus máximas. Es una especie de vuelta al estado de naturaleza del que hablaban Locke o Hobbes, salvo que en este caso es de índole política, configuradora del sujeto como ciudadano. El problema es que el individualismo no entiende de leyes, sobre todo de las de carácter ético. La ética sufre un varapalo sin precedentes: desaparece cualquier consideración que tenga en cuenta al otro como otro, como sujeto, como ciudadano, y en definitiva, como persona. Se impone una fría razón instrumental que sólo ve en el prójimo una posibilidad para favorecer un interés particular. Las nociones fundamentales del saber ético tales como bien o justicia quedan relegadas a un interés estratégico, muchas veces de clase. En este sentido, el individualismo puede ser concebido además de en su vertiente más subjetiva, de aislamiento, en otra de grupo, en la que el yo se disuelve entre la multitud, algo que ya preocupaba a Kirkegaard.

La gran inconsistencia del individualismo es que se conforma como una postura que se basa precisamente en la noción de sujeto, pero se olvida de que, como afirma Mounier, “no existe el Yo sin el Otro”. Es decir, intenta fundamentarse en una noción que no comprende, y eso le lleva a perseguir al otro para asimilarlo, ya sea por las buenas o por las malas. No concibe que puedan darse más sujetos simultáneamente. Así, en demasiadas ocasiones, el individualismo se ha transformado en un totalitarismo, que niega la pluralidad y se proclama como único sujeto legítimo. Éste es el individualismo más temible, debido a su enorme fuerza y convicción. Y es que, a pesar de que en épocas pasadas hayamos conseguido derrotarlo, ahora nos encontramos con otros de distinto tipo, desgajados del anterior, que era eminentemente político. De todas maneras, en todos se siguen dando las mismas características generales: un sujeto con enormes ansias de poder (una empresa, un sector radical de una determinada religión, como pueden ser los fundamentalistas islámicos, un grupo social…) intenta imponerse al resto, para acabar estableciéndose como único sujeto de ese ámbito de la realidad. No hay respeto, ni diálogo, ni tolerancia.

La solución a este problema pasa por mostrar a la sociedad entera que para reivindicar nuestra identidad no podemos imponernos al prójimo, sino que desde nuestra diferencia y especificidad fundamental, tenemos que ser capaces de buscar puntos en común. Para ello, debemos fomentar las capacidades individuales, la genuina dimensión personal de cada uno. Cuanto más actualicemos nuestras potencialidades, más humanos seremos, y por lo tanto, más veremos la necesidad de que haya un otro. En definitiva, sólo se podrá hablar de un auténtico progreso cuando éste sea articulado, global y máximamente integrador. El reto queda así planteado. Sólo nos queda intentar resolverlo.