No sé exactamente cómo comienza una amistad. Sólo sé que conforme avanza la vida, una va conociendo cada vez más y más gente, y que la gran mayoría se aloja en esa parte de la memoria que no recuerda emociones, sino sólo imágenes que no dejaron rastro en el corazón. Aquella profesora morena que me daba matemáticas en tercero de EGB, el vecino que se mudó con la familia a otro barrio antes de que llegara a hablar una sola vez con él, o el señor que esta tarde me ha vendido media docena de castañas en la esquina del bar Molino. Todos ellos tienen su sitio en mis recuerdos, sí, pero no han contribuido apenas a eso que yo soy.
Sin embargo, en otra parte de mi colección de vivencias, hay un considerable número de personas que, cuando las traigo a la conciencia, reproducen en mí, a veces con menos, otras con más intensidad, los sentimientos que nacieron al conocerlas. Me viene a la memoria, por ejemplo, la señora que me defendió de un indigente borracho que me asaltó de pequeña, un día que caminaba hacia mi colegio. O aquel señor que, con cara de padre, me echó una gran bronca el otro día desde su coche por cruzar con el semáforo en rojo. Son personas que despertaron algo en mí, y cuando pienso que seguramente no les volveré a ver, me pena no haber aprovechado para conversar más con ellos cuando tuve la ocasión.
Creo que un amigo pertenece a este segundo grupo de gente, a esta clase de seres que entran en la vida de una con una gracia especial, manifestando una inquietante sintonía con lo que una es, y que logran tomar asiento en la memoria emocional. Es algo misterioso, si se piensa, el fenómeno de caerse bien. Una conoce a alguien un día cualquiera y, sin saber explicar por qué, le entiende, siente gusto, placer por saber de la existencia de esa persona que resulta entrañable y familiar.
Pero un amigo es mucho más que esa simpatía inicial. Porque un amigo, además, se queda. Generalmente por circunstancias no buscadas, la vida misma se encarga de que, de vez en cuando, dos personas que se han entendido mutuamente en un primer encuentro, tengan ocasión de conocerse más. La gente no hace amigos en el supermercado o en un paso de cebra. Normalmente, las amistades brotan en áreas de vida en común, como pueden ser el colegio, la universidad, o el trabajo. Quizá en esto tenga mucho que ver el hecho de que la amistad se da entre iguales, entre personas con los mismos intereses, con una edad próxima, que viven una cotidianeidad cercana. Pero creo que hay otra razón de más peso todavía, y es el hecho de que una amistad requiere ser alimentada a lo largo del tiempo. No basta con caerse bien: la señora que me salvó de pequeña del borracho callejero no es mi amiga, sino alguien que no pudo evitar sentir compasión por mí, y que sencillamente actuó en coherencia con su instinto.
Dos son, pues, al menos, los ingredientes de la amistad: semejanza y hábito. Lo primero es involuntario: simplemente ocurre o no. El hábito, en cambio, sí se construye por la voluntad, aunque también tiene un componente ajeno a la propia libertad (una cercanía espacio-temporal en la vida).
En mi opinión, lo más interesante desde el punto de vista filosófico es esa primera causa de la amistad, la semejanza. San Agustín decía, muy agudamente, que el amor (y la amistad no es sino uno más de los colores afectivos que puede tener el amor) es como un peso, porque mueve al ser humano a aquellos lugares donde éste encuentra el reposo. Encontrar reposo: qué exactísima metáfora. Porque precisamente un amigo es alguien con quien una puede relajarse, alguien con quien se puede suspender todo ese mecanismo psicológico de autodefensa que provoca el miedo a ser juzgado por lo que se hace. Como cantaba un poema de Saint-Exupéry, un amigo no te evalúa por tus andanzas ni por tus fórmulas, sino que observa éstas con la indulgencia propia el amor. No son las propias acciones las que le informan de quién eres, sino que precisamente por aceptar lo que eres, las juzga con benevolencia.
Todos tenemos un lugar, una vocación, todos estamos llamados, como desde lejos, a algo. Con el tiempo, créanme, he aprendido que se sabe cuál es el propio lugar a través de señales muy claras. Una de esas señales es el sentimiento de paz, de reposo que se halla al hacer aquello para lo que una sirve por naturaleza. El encuentro con un amigo es un lugar de descanso. Porque la amistad se caracteriza por el sosiego que otorga el ser recibido con gusto precisamente por lo que se es. La amistad supone encontrar el propio lugar en el otro a través del amor. Encontrar el propio lugar es encontrarse a una misma, y esto no ocurre en la soledad del yo, sino en el tú. Como dijo el poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson, “un amigo es una persona con la que se puede pensar en voz alta”. Pensar es algo así como hablarse a una misma, y hablar a un amigo es hablar a alguien como me hablo a mí: es identificarme en el otro.
Hace poco, en un seminario de filosofía, conocí a una profesora argentina que en un principio me intimidó un poco, pero con la que, al cabo de unas horas de haberla conocido, en la cena que se organizó para darle la bienvenida a Pamplona, entablé una de esas conversaciones en las que una siente la extraña impresión de ser íntimamente comprendida. Como creo que ella sintió algo parecido, decidimos continuar esa conversación a través del correo electrónico, y hace poco me escribió algo que, por otra curiosa casualidad, tiene mucho que ver con el tema que hoy nos ocupa. En respuesta a mis dudas sobre la falta de autenticidad que suele acompañar a la compasión y al pánico a no ser querida, me dijo: “Elsa, en la vida lo más difícil que hay es seguir el propio deseo”. No tengo ahora espacio ni tiempo para explicar a fondo esta idea. La dejo así, en el aire, para que quien me lea no encuentre excusa para dejar de pensar, y se dé cuenta, tal vez, del valioso tesoro que entraña la amistad.
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24 de diciembre de 2006
6 de noviembre de 2006
Mi vecina la del quinto por Anónima
El otro día vi a mi vecina la del quinto (ésa que hasta hace dos días se me solía quedar mirando absorta, desde su metro y medio de estatura, cuando coincidíamos en el ascensor) dándose el lote, borracha perdida, con un tiparraco en el portal. No sé si será que me estoy haciendo vieja, o si ya no recuerdo aquella ligereza adolescente, pero no pude menos que sentir una profunda vergüenza ajena ante el espectáculo. Una sensación de “¿pero qué está haciendo?” se apoderó de mí hasta tal punto que volví la cabeza al pasar, no por morbo (a mí qué me importa lo que haga esa niña con su novio), sino para cerciorarme de que era verdad lo que mis ojos veían. Ella me miró y siguió a lo suyo, como si no hubiera nadie pasando.
Fui caminando hasta el sitio donde había quedado con mis amigos para salir por ahí a dar una vuelta, recreando una y otra vez la imagen imborrable de mi vecina haciendo el ridículo en mi edificio. Cuando llegué, me los encontré, como siempre, bebiendo. Alguno que otro ya borracho. Anduvimos toda la noche de bar en bar, bailando y bebiendo copas (unos más que otros). Como era de esperar, yo, que seguía pensando de vez en cuando en mi vecina la del quinto, empecé a relacionar las dos situaciones. Miraba a mi alrededor y sólo veía a gente haciendo el ridículo, con su narcisismo extravagante, inoportunos, inelegantes, insoportables… borrachuzos.
Y empecé a tomar conclusiones. Cada fin de semana, lo que se hace fundamentalmente entre los jóvenes es beber hasta emborracharse. Y parece que el hábito tiene su origen en un deseo de libertad, de autonomía respecto a las normas sociales. Sí, la gente dice beber para evadirse de las imposiciones cotidianas, pero los resultados suelen ser bien distintos: comportamientos bochornosos, decisiones indeseadas, pérdida de la conciencia que nos hace libres.
Además me di cuenta de que, si una no se emborracha, no encaja en semejante desorden. Porque se encuentra rodeada de un sinsentido, de una algarabía de cuerpos incapaces de percibir el sentido de la interacción, discapacitados para nadar en ese mundo mágico de las interconexiones sociales. Al emborracharnos es como si perdiéramos ese instinto que nos permite orientarnos a través de la vida social. Nos encierra en un cuerpo que ha perdido toda capacidad de movernos libremente a través de las relaciones intersubjetivas. Nos deja atontados e insensibles a la presencia del otro.
Cuando mi vecina estaba allí, dale que te pego con su compañero, indolente a lo que ocurría a su alrededor (imagino que yo no sería la única persona del vecindario que se la encontró en ese estado), estaba escogiendo perderse la oportunidad de ser ella misma. Y es que no somos nosotros si no dejamos que la presencia incontestable de los otros influya de algún modo en nuestras elecciones. Dado que al día siguiente se habría despertado con una sensación de “tierra trágame” (seguro que sí, nos ha pasado a todos), lo normal habría sido que mi vecina hubiese sentido vergüenza cuando la miré a los ojos. Pero no ví rastro de inseguridad en su cara. Vi más bien como un vacío en su mirada, un hueco impersonal, una no-actitud. No era un desafío arrogante. No era un “¿tú qué miras?”. Ni un “hago lo que me da la gana”. Eso no me habría asustado tanto. Lo que me dio miedo, lo que me horrorizó de veras fue la pasividad absoluta con que estaba ahí. Estaba manejada, no es que actuara por instinto, sólo no actuaba. Era actuada. Sí, porque se movía desde dentro, pero no era ella la responsable de sus movimientos. Había actividad, pero no había persona. Fue extraño.
Es como si el mundo funcionara sin nosotros, cuando bebemos. Y obviamente, sin nosotros el mundo toma caminos que no encajan con nuestros intereses. Me viene a la memoria aquella ya célebre reflexión de la escritora Lucía Echeverría que protestaba contra la estupidez de los jóvenes españoles (que se unían a manifestaciones a favor del botellón) frente a la sensatez de los franceses (que salían a la calle para defender su derecho a un contrato digno). Mientras bebemos, la vida sigue su curso sin nosotros. Y sin nosotros, los empresarios se frotan las manos firmando contratos basura que nadie parece estar dispuesto a rechazar. Está la vida como para rechazar una oportunidad de empleo. Casi hay que dar las gracias por que le cojan a una de prácticas no remuneradas. Porque a la cola hay siempre gente dispuesta a trabajar gratis. Y nadie se queja. Y seguimos bebiendo, y bailando borrachos en la calle, como para celebrar ¿qué? No quiero ponerme trágica, pero a veces se me ocurre que nos estamos volviendo idiotas del todo.
¿Y quién sale beneficiado de todo esto? Nosotros desde luego, no.
Fui caminando hasta el sitio donde había quedado con mis amigos para salir por ahí a dar una vuelta, recreando una y otra vez la imagen imborrable de mi vecina haciendo el ridículo en mi edificio. Cuando llegué, me los encontré, como siempre, bebiendo. Alguno que otro ya borracho. Anduvimos toda la noche de bar en bar, bailando y bebiendo copas (unos más que otros). Como era de esperar, yo, que seguía pensando de vez en cuando en mi vecina la del quinto, empecé a relacionar las dos situaciones. Miraba a mi alrededor y sólo veía a gente haciendo el ridículo, con su narcisismo extravagante, inoportunos, inelegantes, insoportables… borrachuzos.
Y empecé a tomar conclusiones. Cada fin de semana, lo que se hace fundamentalmente entre los jóvenes es beber hasta emborracharse. Y parece que el hábito tiene su origen en un deseo de libertad, de autonomía respecto a las normas sociales. Sí, la gente dice beber para evadirse de las imposiciones cotidianas, pero los resultados suelen ser bien distintos: comportamientos bochornosos, decisiones indeseadas, pérdida de la conciencia que nos hace libres.
Además me di cuenta de que, si una no se emborracha, no encaja en semejante desorden. Porque se encuentra rodeada de un sinsentido, de una algarabía de cuerpos incapaces de percibir el sentido de la interacción, discapacitados para nadar en ese mundo mágico de las interconexiones sociales. Al emborracharnos es como si perdiéramos ese instinto que nos permite orientarnos a través de la vida social. Nos encierra en un cuerpo que ha perdido toda capacidad de movernos libremente a través de las relaciones intersubjetivas. Nos deja atontados e insensibles a la presencia del otro.
Cuando mi vecina estaba allí, dale que te pego con su compañero, indolente a lo que ocurría a su alrededor (imagino que yo no sería la única persona del vecindario que se la encontró en ese estado), estaba escogiendo perderse la oportunidad de ser ella misma. Y es que no somos nosotros si no dejamos que la presencia incontestable de los otros influya de algún modo en nuestras elecciones. Dado que al día siguiente se habría despertado con una sensación de “tierra trágame” (seguro que sí, nos ha pasado a todos), lo normal habría sido que mi vecina hubiese sentido vergüenza cuando la miré a los ojos. Pero no ví rastro de inseguridad en su cara. Vi más bien como un vacío en su mirada, un hueco impersonal, una no-actitud. No era un desafío arrogante. No era un “¿tú qué miras?”. Ni un “hago lo que me da la gana”. Eso no me habría asustado tanto. Lo que me dio miedo, lo que me horrorizó de veras fue la pasividad absoluta con que estaba ahí. Estaba manejada, no es que actuara por instinto, sólo no actuaba. Era actuada. Sí, porque se movía desde dentro, pero no era ella la responsable de sus movimientos. Había actividad, pero no había persona. Fue extraño.
Es como si el mundo funcionara sin nosotros, cuando bebemos. Y obviamente, sin nosotros el mundo toma caminos que no encajan con nuestros intereses. Me viene a la memoria aquella ya célebre reflexión de la escritora Lucía Echeverría que protestaba contra la estupidez de los jóvenes españoles (que se unían a manifestaciones a favor del botellón) frente a la sensatez de los franceses (que salían a la calle para defender su derecho a un contrato digno). Mientras bebemos, la vida sigue su curso sin nosotros. Y sin nosotros, los empresarios se frotan las manos firmando contratos basura que nadie parece estar dispuesto a rechazar. Está la vida como para rechazar una oportunidad de empleo. Casi hay que dar las gracias por que le cojan a una de prácticas no remuneradas. Porque a la cola hay siempre gente dispuesta a trabajar gratis. Y nadie se queja. Y seguimos bebiendo, y bailando borrachos en la calle, como para celebrar ¿qué? No quiero ponerme trágica, pero a veces se me ocurre que nos estamos volviendo idiotas del todo.
¿Y quién sale beneficiado de todo esto? Nosotros desde luego, no.
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