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24 de diciembre de 2006

¿Qué es más importante: la libertad o la seguridad? por Ramón Corpas

Generalmente reconocemos a las personas por su apariencia física ya que es la primera que apreciamos, sin embargo, el hombre es mucho más que eso, de hecho, si nos preguntaran quién es alguien, más que a su cuerpo nos referiríamos a su personalidad. Por eso mismo tenemos problemas con el trato a gente en estado vegetal, no sabemos qué son, si siguen siendo ellos o si no son más que una cáscara vacía.

Es curioso cómo ni siquiera sabemos qué o quiénes somos, no sabemos cómo hemos llegado a ser la persona que somos. Es indiscutible el hecho de que todas nuestras experiencias nos afectan de forma que terminamos siendo como somos. El hecho es que estas experiencias hacen que tengamos una ideología general de la que nos es imposible escapar, la cultura.

La cultura cambia según lugares y personas, en distintos países existen distintas formas de pensar y de interpretar el mundo, pero todos somos humanos y eso hace que dentro de nuestras diferencias se hallen infinidad de semejanzas. Por ejemplo surgen similitudes extraordinarias en las etapas de desarrollo de los imperios. Los imperios tienen un primer momento de ampliación territorial. Más adelante, cuando este momento cesa, es cuando el imperio empieza a vivir, se fraguan las instituciones y las ideologías y generalmente (por no decir siempre) se agrupa a la población alrededor de una religión con sus normas y ceremonias. Existe una gran intransigencia hacia aquellos que romper las reglas de juego. Por último existe un tercer momento de decaimiento y degeneración en el que las personas ya han alcanzado un cierto bienestar y sólo se dedican a disfrutar. Es en este último momento en el que vivimos, en su principio por lo menos.

Hoy en día la diversión de los jóvenes es emborracharse e irse de marcha, y en un país como este en el que, al fin y al cabo la mayoría de las personas son bastante más vagas que en otros y estamos bastante más dados a la fiesta, no está demasiado mal visto. Últimamente lo que está de moda es el botellón. Esto se puede mirar de dos formas, como un grupo de amigos que se juntan para estar y hablar y que de paso, se toman un par de copas, o como un grupo de jóvenes degenerados, vagos y delincuentes que se juntan para emborracharse, ensuciar y destruir todo lo que encuentran a su paso. Yo abogo por un término medio, es cierto que los jóvenes no siempre recogen lo que usan y aunque, de vez en cuando, hay algún exaltado que hace destrozos por la ciudad, la mayoría se comporta, más o menos.

En el fondo se trata del debate libertad-seguridad, el hecho de que sea visto así muestra que vivimos en aquél tercer momento del que hablaba, pues no se trata realmente de decidir ente libertad o seguridad, sino más bien entre seguridad y libre albedrío. En última instancia se trata de descubrir cómo se es más libre. En este mundo en el que vivimos los significados de las palabras han sido alterados de forma inimaginable, e igual que la verdad ha sido sustituida por la certeza, la libertad ha sido suplantada por el libre albedrío. Así, hemos llegado a la anarquía ideológica en la que se cree que las normas, todas las normas, coartan la libertad (por eso está mal visto decir que no todas las opiniones son igual de respetables), cuando el hombre sólo puede ser realmente libre si se rige por ellas. Entiéndase bien, las normas pueden coartar la libertad, pero sólo las malas leyes. El hombre no sería más libre por no vivir según leyes, vivir en la naturaleza como los animales, de hecho, si así fuera, el ser humano dejaría de ser persona, animal racional, para convertirse en sólo animal.

A las personas nos gusta tener control, conocer las leyes de comportamiento de personas y objetos, nos gusta vivir seguros, pero llega un momento en el que la vida se da por garantizada y entonces se descuida. Vivimos en un mundo en el que no nos preocupamos por nuestras necesidades básicas porque las damos por supuestas, lo mismo ocurre con la seguridad, por eso hay personas que quieren vivir aventuras, salir de la rutina porque es algo que creen que tienen garantizado, por eso no nos damos cuenta de la importancia de las cosas hasta que las perdemos. En este ensayo no pretendo juzgar si debemos vivir todos de la forma más casta renunciando a toda comodidad o si simplemente debemos dejarnos llevar, sólo presento los hechos. Lo único que pretendo es lanzar un aviso de que no se tomen decisiones a la ligera, ya que cada pequeña decisión nos lleva a vivir una experiencia que nos forma, tanto a nosotros, como al resto de gente de este planeta, creando y destruyendo culturas, creando y destruyendo vidas.

7 de noviembre de 2006

Un reflejo de la sociedad: el botellón por Ignacio Salinas

El botellón es una de las prácticas más difundidas entre la juventud actual. Hay quienes lo defienden, otros en cambio se muestran muy críticos con él y con todo lo que tenga que ver con las formas de diversión de los jóvenes. Ante estos dos polos, debemos ser equilibrados, intentar buscar un término medio, ya que ambas posturas, en cuanto tales, son verdaderas. Sólo teniendo una posición abierta, sin prejuicios, aunque eso sí, con principios, se puede tratar la cuestión del botellón y de cómo se divierte la juventud de hoy en día. Las posiciones dogmáticas, que podríamos denominar de carácter etnocentrista, tanto de un lado como de otro son muy negativas, y no consiguen llegar a ningún punto de encuentro.

La cultura occidental, desde sus orígenes, se encuentra muy relacionada con lo que es el consumo de alcohol. Los países mediterráneos llevan produciendo vino prácticamente desde el comienzo de la actividad agraria. En este sentido, la ingerencia de alcohol ha sido siempre algo normal durante la comida. Cualquier reunión social se celebraba con el acompañamiento del alcohol. Esta tradición sigue manteniéndose, es más, sigue formando parte del carácter esencial de cualquier celebración. No obstante, hay quienes no tienen en cuenta esto, y se dedican a criticar el botellón como una forma absolutamente censurable de diversión. Pues bien, habría que decirles a estas personas que los jóvenes no hacen nada anormal, sino que se comportan según sus costumbres, aquellas que han visto y vivido en su entorno cultural. Lo que sí es cierto es que la juventud de hoy en día bebe demasiado y desde una edad demasiado temprana. Sin embargo, éste es un problema que de nuevo no se le puede achacar a los jóvenes, por lo menos exclusivamente, ya que es algo de lo que la sociedad es hasta cierto punto culpable. Los adultos, especialmente en España, beben mucho, sobre todo cuando se reúnen en celebraciones: comidas con amigos, bodas, comuniones… Los jóvenes actúan, todavía sin un criterio propio consolidado, dejándose llevar por lo que ven, especialmente y como es lógico, siguiendo el ejemplo de sus padres. De esta manera, beben, y en exceso, porque así creen que ya están más cerca de la ansiada madurez, etapa de la vida en la que uno puede hacer lo que le apetezca sin dar explicaciones a nadie, y en definitiva, es libre.

Efectivamente, lo que buscan los jóvenes emborrachándose es acercarse más a esa edad adulta, que tocan con las puntas de las manos. Aunque hay que señalar, como es evidente, que ésta no es la única causa que les lleva a beber. El mundo al que transporta el alcohol es demasiado seductor como para que no se busque como un fin en sí mismo. Las sensaciones, la apertura que sufren hasta las personas más tímidas… con una borrachera de sábado son inalcanzables con el simple poder de la razón. Así, cada fin de semana, los jóvenes se dirigen a beber a cualquier casa o plaza pública. Cada trago es una oda a las buenas experiencias, a la diversión sin límite que el alcohol nos proporciona. En un mundo en que la felicidad parece una utopía, toda la sociedad necesita su “dosis”, ya sea de alcohol, drogas, teledeporte las 24 horas etc. Cualquier cosa que nos evada de este mundo demasiado real nos vale. Necesitamos estar enganchados a la nada para poder seguir adelante. Ésa es la tristeza de nuestro tiempo, y no sólo se le debe achacar a la juventud. Es nuestra sociedad la que cada día fomenta el botellón, ofreciendo un mundo que vale menos la pena que una botella de “calimocho”.

De esta forma, el problema del botellón, concebido exclusivamente en su vertiente más dura, de mero instrumento para emborracharse, debe insertarse dentro de un contexto más amplio, global, para entenderse bien. La sociedad tiene que encontrar la respuesta a sus preguntas, el fin, y de esta manera, el camino por el que dirigirse. Como dice Max Scheler: “El hombre no sabe lo que es, pero sabe que no lo sabe. ¿Qué hacer para salir de ese impase?”. Esa es la cuestión que debe resolverse y que, al fin y al cabo, es la que nos está provocando demasiados problemas tanto a los jóvenes como a los adultos.

6 de noviembre de 2006

Mi vecina la del quinto por Anónima

El otro día vi a mi vecina la del quinto (ésa que hasta hace dos días se me solía quedar mirando absorta, desde su metro y medio de estatura, cuando coincidíamos en el ascensor) dándose el lote, borracha perdida, con un tiparraco en el portal. No sé si será que me estoy haciendo vieja, o si ya no recuerdo aquella ligereza adolescente, pero no pude menos que sentir una profunda vergüenza ajena ante el espectáculo. Una sensación de “¿pero qué está haciendo?” se apoderó de mí hasta tal punto que volví la cabeza al pasar, no por morbo (a mí qué me importa lo que haga esa niña con su novio), sino para cerciorarme de que era verdad lo que mis ojos veían. Ella me miró y siguió a lo suyo, como si no hubiera nadie pasando.

Fui caminando hasta el sitio donde había quedado con mis amigos para salir por ahí a dar una vuelta, recreando una y otra vez la imagen imborrable de mi vecina haciendo el ridículo en mi edificio. Cuando llegué, me los encontré, como siempre, bebiendo. Alguno que otro ya borracho. Anduvimos toda la noche de bar en bar, bailando y bebiendo copas (unos más que otros). Como era de esperar, yo, que seguía pensando de vez en cuando en mi vecina la del quinto, empecé a relacionar las dos situaciones. Miraba a mi alrededor y sólo veía a gente haciendo el ridículo, con su narcisismo extravagante, inoportunos, inelegantes, insoportables… borrachuzos.

Y empecé a tomar conclusiones. Cada fin de semana, lo que se hace fundamentalmente entre los jóvenes es beber hasta emborracharse. Y parece que el hábito tiene su origen en un deseo de libertad, de autonomía respecto a las normas sociales. Sí, la gente dice beber para evadirse de las imposiciones cotidianas, pero los resultados suelen ser bien distintos: comportamientos bochornosos, decisiones indeseadas, pérdida de la conciencia que nos hace libres.

Además me di cuenta de que, si una no se emborracha, no encaja en semejante desorden. Porque se encuentra rodeada de un sinsentido, de una algarabía de cuerpos incapaces de percibir el sentido de la interacción, discapacitados para nadar en ese mundo mágico de las interconexiones sociales. Al emborracharnos es como si perdiéramos ese instinto que nos permite orientarnos a través de la vida social. Nos encierra en un cuerpo que ha perdido toda capacidad de movernos libremente a través de las relaciones intersubjetivas. Nos deja atontados e insensibles a la presencia del otro.

Cuando mi vecina estaba allí, dale que te pego con su compañero, indolente a lo que ocurría a su alrededor (imagino que yo no sería la única persona del vecindario que se la encontró en ese estado), estaba escogiendo perderse la oportunidad de ser ella misma. Y es que no somos nosotros si no dejamos que la presencia incontestable de los otros influya de algún modo en nuestras elecciones. Dado que al día siguiente se habría despertado con una sensación de “tierra trágame” (seguro que sí, nos ha pasado a todos), lo normal habría sido que mi vecina hubiese sentido vergüenza cuando la miré a los ojos. Pero no ví rastro de inseguridad en su cara. Vi más bien como un vacío en su mirada, un hueco impersonal, una no-actitud. No era un desafío arrogante. No era un “¿tú qué miras?”. Ni un “hago lo que me da la gana”. Eso no me habría asustado tanto. Lo que me dio miedo, lo que me horrorizó de veras fue la pasividad absoluta con que estaba ahí. Estaba manejada, no es que actuara por instinto, sólo no actuaba. Era actuada. Sí, porque se movía desde dentro, pero no era ella la responsable de sus movimientos. Había actividad, pero no había persona. Fue extraño.

Es como si el mundo funcionara sin nosotros, cuando bebemos. Y obviamente, sin nosotros el mundo toma caminos que no encajan con nuestros intereses. Me viene a la memoria aquella ya célebre reflexión de la escritora Lucía Echeverría que protestaba contra la estupidez de los jóvenes españoles (que se unían a manifestaciones a favor del botellón) frente a la sensatez de los franceses (que salían a la calle para defender su derecho a un contrato digno). Mientras bebemos, la vida sigue su curso sin nosotros. Y sin nosotros, los empresarios se frotan las manos firmando contratos basura que nadie parece estar dispuesto a rechazar. Está la vida como para rechazar una oportunidad de empleo. Casi hay que dar las gracias por que le cojan a una de prácticas no remuneradas. Porque a la cola hay siempre gente dispuesta a trabajar gratis. Y nadie se queja. Y seguimos bebiendo, y bailando borrachos en la calle, como para celebrar ¿qué? No quiero ponerme trágica, pero a veces se me ocurre que nos estamos volviendo idiotas del todo.

¿Y quién sale beneficiado de todo esto? Nosotros desde luego, no.

4 de noviembre de 2006

La percha del botellón por Jaime Nubiola

El mayo pasado escribía que "la denominada cultura del botellón, esto es, la forma de vida de los jóvenes que se emborrachan cada fin de semana, está constituida por aquéllos que han renunciado en su vida práctica a hacerse más preguntas, por quienes han decidido que no compensa pensar y que basta con hacer como los demás para evitar el mortal aburrimiento en el que habitualmente viven. Se emborrachan para desconectar de sus estudios y de sus padres; para lograr una sensación de felicidad que les libere al menos por unas horas del aburrimiento vital. A muchos les basta con pasar mortecinamente los días de la semana y sentir que viven en el fin de semana gracias al alcohol y a otras sustancias estimulantes consumidas en compañía. (...) Nuestros jóvenes se emborrachan porque se aburren: ahí está el problema vital. Se aburren porque han clausurado su capacidad de aprender de sus maestros, de sus padres, de sus profesores. (...) Nuestros jóvenes se aburren porque sus profesores han matado sus ganas de aprender. Sólo si los profesores están persuadidos de que su tarea educativa es lo que la humanidad necesita, lograrán contagiarles la ilusión por aprender, el afán por hacer progresar la ciencia y por construir entre todos una sociedad más justa."

Han pasado unos meses y no estoy en desacuerdo ahora con lo que entonces escribí, pero sí me parece que no había captado un elemento importante que me hizo notar hace unos pocos días un experto en actividades juveniles. Muchos chicos de 15 años —venía a decirme— se quedarían el viernes por la noche en su casa viendo tranquilamente la televisión con sus padres, si no fuera porque les horroriza imaginar lo que pasará el lunes.

Y lo que pasará el lunes es que sus amigos descubrirán que es un "colgao" y esto es lo que más teme un joven de nuestro tiempo. Sus amigos le explicarán que se perdió la borrachera de fulanito que acabó en calzoncillos en una fuente, o lo que le pasó a zutanita con menganito, o lo que sea, para que quien no acudió al botellón se sienta verdaderamente un "colgao". En este sentido puede decirse que lo que engancha del botellón no es tanto el consumo de alcohol, como el sentido de la pertenencia a un grupo. Quienes se emborrachan en la noche del viernes o el sábado no toman ni un vaso de vino ni una cerveza durante el resto de la semana. El botellón es el gran elemento socializador de nuestra juventud actual. Será mejor o peor no sólo en función de la calidad de los líquidos ingeridos, sino sobre todo en función de la compañía.

La máscara del botellón por Paula Zubiaur

Desde que las elecciones del 2004 cambiaron la dirección de la política en España, ha habido una constante persecución para aniquilar ciertas costumbres que estaban ya arraigadas en la sociedad. Al parecer el Estado presume de preocuparse más por nuestra salud y califica como nocivos hábitos tales como fumar, beber, conducir temerariamente…costumbres que hasta entonces habían tenido un papel secundario en los planes políticos.

De entre los aspectos señalados quisiera centrarme en el tema del beber, y más concretamente en el del botellón. Esta actividad, que para los jóvenes es una forma más de reunirse y pasarlo bien, preocupa a los altos cargos de la sociedad. Y preocupa de verdad. De ahí que nos atiborren con publicidad en contra del alcohol en todos los medios: televisivo, prensa escrita, carteles publicitarios...que se mezclan con anuncios que promocionan bebidas alcohólicas en busca de beneficio. Si se me permite, llamaré a este efecto “paradoja publicitaria”.

El verdadero problema me parece que está en esa preocupación de la que hablaba. ¿Se preocupan por nuestra salud? Supongo que la cuestión va más allá del mero físico. Hace unos años eran otros los fenómenos los que movían las actividades de los jóvenes. Ahora beber se ha puesto de moda. Pero, ¿dónde está ese giro? ¿Por qué se ha producido?

Las raíces de este cambio sucumben con las relaciones interpersonales. Éstas se han visto afectadas por factores como las nuevas tecnologías (Play Station, ordenador, televisión), el individualismo, que aparta al hombre de la sociedad y lo encierra en sí mismo; el materialismo y consumismo exacerbados…Corrientes que pretenden el bienestar, sí, pero de cada uno: que yo compre beneficia al vendedor, y al fabricante que aquél venda sus productos…pero es una cadena donde no se busca en el otro más que la satisfacción de las propias necesidades. Yo mi me conmigo, ésta es la filosofía del siglo XXI. Los jóvenes ya no quedan para comer pipas, porque se aburren. Con los padres uno ya no habla, porque hay series de televisión más interesantes. A uno no le importa que el del al lado yazca muerto mientras él siga vivito y coleando. Y entre todo esto están las relaciones personales. Pero los jóvenes ya no se relacionan como antes, no porque no quieran, sino porque no saben. Han aprendido a cuidarse y a sobrevivir por sus propios medios, solos, apartados del resto, no física pero sí psicológicamente. Y ante este problema llegan los sábados, y el alcohol cura ese aislamiento colocándonos en el puntillo donde uno pierde la vergüenza. En ese estado que es un yo inconsciente. Así uno cree tener amigos con quienes poder hablar. Amistades que se esfuman con la resaca del domingo, porque nunca existieron.


Y entretanto a los políticos ¿realmente les importa sólo nuestra salud? ¿No les preocupa más bien el futuro próximo? El futuro está en los jóvenes, en muchachos que se encierran a jugar con la videoconsola, que se anidan solos en la biblioteca y no salen a comer golosinas porque tendrán que compartirlas siempre con el compañero que no tiene un céntimo, en definitiva con jóvenes que se emborrachan. Tanta publicidad “anti” no sirve tanto para erradicar como para publicitar el hecho. El problema no está en el hecho mismo de beber, que en sí mismo no perjudica más que a la salud. La cuestión tiene mucho más fondo que el hecho de reunirse para tomar unas cuantas copas. El verdadero problema está en los ideales que la juventud no tiene, no porque no los quiera, sino porque los encargados de la educación tienen poco afán por enseñárselos. Eso es lo que debería haber, menos gasto en evitar fenómenos particulares y más empeño por mejorar los aspectos generales de la vida humana, sobre todo si se trata de invertir en el bienestar futuro, que somos nosotros, los jóvenes.

3 de noviembre de 2006

Una cuestión personal por Beatriz Martínez

Desde hace un par de años, la cuestión de si es lícito o no el botellón se ha convertido en un tema de continuo debate. El hecho es que después de haber sido prohibido en muchas ciudades de España, cada fin de semana se sigue repitiendo la misma estampa. Sobre las once de la noche algunos parques y calles se llenan de jóvenes con botellas y ganas de divertirse, el mobiliario urbano se convierte en una barra improvisada y las conversaciones, guitarras y gritos de algunos se suceden hasta altas horas de la madrugada. El coste final es el de algunos chicos con coma etílico, muchas borracheras, suciedad y gran parte del vecindario indignado por la nueva forma de divertirse de la juventud.

Aunque se han tomado muchas medidas legales en contra del botellón y la mayor parte de la población está en contra, los jóvenes fieles a su condición natural siguen haciendo lo que quieren: reivindicando cada fin de semana qué es lo que les gusta hacer a pesar de los problemas que suscita estar al margen del sistema y tener en contra a casi toda la sociedad no- joven, por cierto, muy numerosa en España.

La “cultura del botellón” se ha impuesto sobre otras formas de ocio. Los ciudadanos se quejan, los bares nocturnos se arrancan los ojos cada vez que unos jóvenes beben frente a su establecimiento, los ayuntamientos prohíben estos eventos. Pero nadie se pregunta por qué. Por qué se ha impuesto esta forma de divertirse sobre otras, por qué el botellón genera tantos problemas si en realidad ni si quiera es algo violento o peligroso, por qué los jóvenes beben en lugar de hacer otras cosas, por qué ensucian…Se imponen medidas pero no se buscan soluciones. Se intenta erradicar el botellón, cortándole únicamente las puntas, si lo que preocupa es el nuevo modo de diversión de la juventud, la solución de prohibir el botellón no vale.

No considero que hacer botellón sea la manifestación de una libertad excepcional, ni que los jóvenes encuentren en tales eventos la posibilidad de ejecutar una libertad coartada en otros ámbitos. Simplemente es una opción entre varias para pasar una noche de fin de semana; que para algunos sea la única posibilidad, como se alega cuando intentan erradicar este movimiento, es otro problema. Un problema que va más allá de beber o no beber, de que exista el botellón o no, sino que se enraíza en lo más profundo del individuo, en sus motivaciones y expectativas vitales. Tiene que ver con el vacío existencial de quién lo padece, muy común en esta época y no con que se participe en un botellón, se beba en una casa o en una discoteca. Ese desatino afecta a muchos hijos de nuestro tiempo, jóvenes y mayores. Y se puede manifestar de muchas maneras. Es tan preocupante la situación de un joven que baraja cómo única opción acudir a un botellón como la de personas que pasan su fin de semana en un centro comercial, realizando compras, la mayoría innecesarias y en ocasiones hasta compulsivas. La función que estas personas otorgan al ocio es la misma: Gastar el tiempo en algo, da igual en qué. Si es posible, que no implique pensar demasiado y sea lo más placentero posible.

Si lo consideramos desde ese punto de vista nos daremos cuenta de que la cuestión de fondo de ese tipo de afirmaciones no radica en que exista el botellón o no, sino en que pueda llegar a forjarse entre los jóvenes una conciencia de ocio productivo. Siendo así, no creo tampoco que ir a un botellón un viernes o sábado sea necesariamente sinónimo de ocio improductivo. Los jóvenes también utilizan ese tiempo para ver a los amigos que en los días de semana no pueden ver, para hablar de cosas interesantes con conocidos o incluso con desconocidos que pueden ofrecer una nueva visión sobre un tema. Un botellón permite lo que una discoteca imposibilita: hablar. Ocupar tu tiempo de ocio en algo que no es exclusivamente beber, fumar y bailar. Te permite conversar.

Entiendo que para alguien que nunca haya estado en uno parezca algo absurdo que sólo genera basura y ruido. Pero no todos los jóvenes se comportan igual, hay mucha gente que recoge sus restos. Otros en cambio los dejan indiscriminadamente en el suelo. Pero me parece hipócrita que en ciudades como Madrid se pueda responsabilizar a los jóvenes de esto, mientras la mujer que se ha quejado de la suciedad que genera un botellón, esa misma mañana permite a su hijo que arroje el cartón de una revista en mitad de la calle. Está claro su hijo será uno de esos que el día de mañana dejarán las botellas en mitad del parque.

Ésta, en mi opinión, es uno de los mayores errores que se cometen a la hora de considerar la cuestión botellón. Cuando se toma a los jóvenes como colectivo y no como individuos. No todos somos iguales, no todos salimos con las mismas intenciones, no todos cuando salimos buscamos las mismas cosas, no todos dejamos basura, no vamos al botellón a gritar, vamos a hablar. No todo es malo en el botellón; si lo que preocupa son esos comportamientos huecos de los jóvenes, su automatismo, su escepticismo, hasta que las medidas no vayan orientadas hacia esa dimensión el botellón, o por lo menos lo que la gente asocia con el botellón, no acabará, al menos de momento.

En lo que a mí respecta como se puede deducir de lo dicho, me gustan los botellones y no me parecen tan nocivos como los pintan. Para mí supone una forma de compartir mi tiempo y conversar con otras personas mientras tomo algo con poco gasto. En un entorno más sano que una discoteca. El escaso gasto que me supone me permite hacer otras cosas con el dinero que me podría gastar en salir por bares o discotecas. Mi experiencia me dice que los que gritan, gritan estando en un botellón o trasladándose de un bar a otro. Son los llamados “notas” que siempre van dándola por ahí. El ruido que genera un botellón podría ser equiparable al que se existe en un calle repleto de pubs. Pero el botellón no compensa por que sólo los chinos de turno sacan algo de beneficio económico. Con este ensayo sólo pretendía defender un poco a un evento que tantos buenos momentos me ha dado, con mis amigos, con gente que acabo de conocer, con música en directo, viva …Y que en cambio tantas críticas, a mi parecen poco perspicaces, se le realizan.

Sueños en lo etílico por Borja Valcarce

La libertad se puede definir de diversas maneras. En nuestra sociedad la que se puede escuchar en boca de todos es la que reza lo siguiente: “es hacer lo que uno quiere cuando quiere”, y a veces alguien añade: “por supuesto respetando la de los demás como límite de la nuestra”. Ciertamente, la gente que añade esta coletilla tiene más cabeza que aquellos que solo piensan en satisfacer sus necesidades más bajas y apremiantes.

Como se podrá observar, este concepto de libertad puede ser fácilmente aplicable a cualquier acción que se quiera realizar. No hace falta otra idea. Si yo quiero emborracharme… me emborracho. Si quiero perder el dominio de mis facultades por tiempo indefinido no habrá quien me lo prohíba. “Solo faltaba que viniese algún ser de la prehistoria a decirme cómo perder mi tiempo y cuál es la mejor forma de vivir mi vida”.

A grandes rasgos esa es la actitud que se puede observar en la mayoría de los jóvenes aletargados y congelados por una sociedad que es incapaz de despertar de la apatía en la que ella misma se ha sumido. Puede ser este un buen momento para que nos preguntemos no por el porqué del hecho del botellón, sino por sus causas. Espero que esté claro que el botellón es algo que no puede cambiarse. Casi se podría decir que se está convirtiendo en parte de la cultura española. Incluso los extranjeros realizan viajes relámpago para vivir durante una noche el fenómeno del botellón.

Ahora bien, antes los jóvenes se movilizaban por cuestiones políticas. En cualquier sociedad occidental la gente se manifestaba y luchaba contra lo que en esa época se creía que era injusticia. Solo hay que recordar el movimiento hippy o a los universitarios protestando contra el régimen de Franco, entre otros. Hoy en día la realidad es bien distinta… ya no se lucha por ninguna idea de justicia, ya no se desean cambiar las cosas porque, y la realidad es la misma en el subconsciente común, cuando los jóvenes abre los ojos por la mañana y se dan cuenta de lo bien que viven desean tener algún día el mismo bienestar. Y si nos encontramos con personas desfavorecidas veremos que la actitud se centra en conseguir aquello que nunca han tenido, pero que ven en los demás.

El deseo de acomodarse tranquilamente en una sociedad política que no pide nada más que la ciega obediencia de sus ciudadanos se convierte casi en un instinto que obnubila la mente de cualquier ser racional. El botellón se convierte en el problema a tratar porque es la protesta de unos jóvenes que no saben que encrucijada tomar en sus vidas. Son niños que no tienen ideales por los que luchar, con los que descargarse de toda esa fuerza juvenil que les pide a gritos cambiar el mundo.

Pero la deprimente realidad es que sus mentes, abotargadas por la sociedad de lo “políticamente correcto” y el conformismo existencial, no les exige nada, es más… no les da una razón por la que luchar… Y todo el mundo sabe que cuando una persona tiene tiempo que no sabe con qué actividad ocupar puede hacer tres cosas: perderlo, hacer un botellón y perderse en las tinieblas del sopor etílico o… filosofar.