El otro día vi a mi vecina la del quinto (ésa que hasta hace dos días se me solía quedar mirando absorta, desde su metro y medio de estatura, cuando coincidíamos en el ascensor) dándose el lote, borracha perdida, con un tiparraco en el portal. No sé si será que me estoy haciendo vieja, o si ya no recuerdo aquella ligereza adolescente, pero no pude menos que sentir una profunda vergüenza ajena ante el espectáculo. Una sensación de “¿pero qué está haciendo?” se apoderó de mí hasta tal punto que volví la cabeza al pasar, no por morbo (a mí qué me importa lo que haga esa niña con su novio), sino para cerciorarme de que era verdad lo que mis ojos veían. Ella me miró y siguió a lo suyo, como si no hubiera nadie pasando.
Fui caminando hasta el sitio donde había quedado con mis amigos para salir por ahí a dar una vuelta, recreando una y otra vez la imagen imborrable de mi vecina haciendo el ridículo en mi edificio. Cuando llegué, me los encontré, como siempre, bebiendo. Alguno que otro ya borracho. Anduvimos toda la noche de bar en bar, bailando y bebiendo copas (unos más que otros). Como era de esperar, yo, que seguía pensando de vez en cuando en mi vecina la del quinto, empecé a relacionar las dos situaciones. Miraba a mi alrededor y sólo veía a gente haciendo el ridículo, con su narcisismo extravagante, inoportunos, inelegantes, insoportables… borrachuzos.
Y empecé a tomar conclusiones. Cada fin de semana, lo que se hace fundamentalmente entre los jóvenes es beber hasta emborracharse. Y parece que el hábito tiene su origen en un deseo de libertad, de autonomía respecto a las normas sociales. Sí, la gente dice beber para evadirse de las imposiciones cotidianas, pero los resultados suelen ser bien distintos: comportamientos bochornosos, decisiones indeseadas, pérdida de la conciencia que nos hace libres.
Además me di cuenta de que, si una no se emborracha, no encaja en semejante desorden. Porque se encuentra rodeada de un sinsentido, de una algarabía de cuerpos incapaces de percibir el sentido de la interacción, discapacitados para nadar en ese mundo mágico de las interconexiones sociales. Al emborracharnos es como si perdiéramos ese instinto que nos permite orientarnos a través de la vida social. Nos encierra en un cuerpo que ha perdido toda capacidad de movernos libremente a través de las relaciones intersubjetivas. Nos deja atontados e insensibles a la presencia del otro.
Cuando mi vecina estaba allí, dale que te pego con su compañero, indolente a lo que ocurría a su alrededor (imagino que yo no sería la única persona del vecindario que se la encontró en ese estado), estaba escogiendo perderse la oportunidad de ser ella misma. Y es que no somos nosotros si no dejamos que la presencia incontestable de los otros influya de algún modo en nuestras elecciones. Dado que al día siguiente se habría despertado con una sensación de “tierra trágame” (seguro que sí, nos ha pasado a todos), lo normal habría sido que mi vecina hubiese sentido vergüenza cuando la miré a los ojos. Pero no ví rastro de inseguridad en su cara. Vi más bien como un vacío en su mirada, un hueco impersonal, una no-actitud. No era un desafío arrogante. No era un “¿tú qué miras?”. Ni un “hago lo que me da la gana”. Eso no me habría asustado tanto. Lo que me dio miedo, lo que me horrorizó de veras fue la pasividad absoluta con que estaba ahí. Estaba manejada, no es que actuara por instinto, sólo no actuaba. Era actuada. Sí, porque se movía desde dentro, pero no era ella la responsable de sus movimientos. Había actividad, pero no había persona. Fue extraño.
Es como si el mundo funcionara sin nosotros, cuando bebemos. Y obviamente, sin nosotros el mundo toma caminos que no encajan con nuestros intereses. Me viene a la memoria aquella ya célebre reflexión de la escritora Lucía Echeverría que protestaba contra la estupidez de los jóvenes españoles (que se unían a manifestaciones a favor del botellón) frente a la sensatez de los franceses (que salían a la calle para defender su derecho a un contrato digno). Mientras bebemos, la vida sigue su curso sin nosotros. Y sin nosotros, los empresarios se frotan las manos firmando contratos basura que nadie parece estar dispuesto a rechazar. Está la vida como para rechazar una oportunidad de empleo. Casi hay que dar las gracias por que le cojan a una de prácticas no remuneradas. Porque a la cola hay siempre gente dispuesta a trabajar gratis. Y nadie se queja. Y seguimos bebiendo, y bailando borrachos en la calle, como para celebrar ¿qué? No quiero ponerme trágica, pero a veces se me ocurre que nos estamos volviendo idiotas del todo.
¿Y quién sale beneficiado de todo esto? Nosotros desde luego, no.
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6 de noviembre de 2006
3 de noviembre de 2006
Una cuestión personal por Beatriz Martínez
Desde hace un par de años, la cuestión de si es lícito o no el botellón se ha convertido en un tema de continuo debate. El hecho es que después de haber sido prohibido en muchas ciudades de España, cada fin de semana se sigue repitiendo la misma estampa. Sobre las once de la noche algunos parques y calles se llenan de jóvenes con botellas y ganas de divertirse, el mobiliario urbano se convierte en una barra improvisada y las conversaciones, guitarras y gritos de algunos se suceden hasta altas horas de la madrugada. El coste final es el de algunos chicos con coma etílico, muchas borracheras, suciedad y gran parte del vecindario indignado por la nueva forma de divertirse de la juventud.
Aunque se han tomado muchas medidas legales en contra del botellón y la mayor parte de la población está en contra, los jóvenes fieles a su condición natural siguen haciendo lo que quieren: reivindicando cada fin de semana qué es lo que les gusta hacer a pesar de los problemas que suscita estar al margen del sistema y tener en contra a casi toda la sociedad no- joven, por cierto, muy numerosa en España.
La “cultura del botellón” se ha impuesto sobre otras formas de ocio. Los ciudadanos se quejan, los bares nocturnos se arrancan los ojos cada vez que unos jóvenes beben frente a su establecimiento, los ayuntamientos prohíben estos eventos. Pero nadie se pregunta por qué. Por qué se ha impuesto esta forma de divertirse sobre otras, por qué el botellón genera tantos problemas si en realidad ni si quiera es algo violento o peligroso, por qué los jóvenes beben en lugar de hacer otras cosas, por qué ensucian…Se imponen medidas pero no se buscan soluciones. Se intenta erradicar el botellón, cortándole únicamente las puntas, si lo que preocupa es el nuevo modo de diversión de la juventud, la solución de prohibir el botellón no vale.
No considero que hacer botellón sea la manifestación de una libertad excepcional, ni que los jóvenes encuentren en tales eventos la posibilidad de ejecutar una libertad coartada en otros ámbitos. Simplemente es una opción entre varias para pasar una noche de fin de semana; que para algunos sea la única posibilidad, como se alega cuando intentan erradicar este movimiento, es otro problema. Un problema que va más allá de beber o no beber, de que exista el botellón o no, sino que se enraíza en lo más profundo del individuo, en sus motivaciones y expectativas vitales. Tiene que ver con el vacío existencial de quién lo padece, muy común en esta época y no con que se participe en un botellón, se beba en una casa o en una discoteca. Ese desatino afecta a muchos hijos de nuestro tiempo, jóvenes y mayores. Y se puede manifestar de muchas maneras. Es tan preocupante la situación de un joven que baraja cómo única opción acudir a un botellón como la de personas que pasan su fin de semana en un centro comercial, realizando compras, la mayoría innecesarias y en ocasiones hasta compulsivas. La función que estas personas otorgan al ocio es la misma: Gastar el tiempo en algo, da igual en qué. Si es posible, que no implique pensar demasiado y sea lo más placentero posible.
Si lo consideramos desde ese punto de vista nos daremos cuenta de que la cuestión de fondo de ese tipo de afirmaciones no radica en que exista el botellón o no, sino en que pueda llegar a forjarse entre los jóvenes una conciencia de ocio productivo. Siendo así, no creo tampoco que ir a un botellón un viernes o sábado sea necesariamente sinónimo de ocio improductivo. Los jóvenes también utilizan ese tiempo para ver a los amigos que en los días de semana no pueden ver, para hablar de cosas interesantes con conocidos o incluso con desconocidos que pueden ofrecer una nueva visión sobre un tema. Un botellón permite lo que una discoteca imposibilita: hablar. Ocupar tu tiempo de ocio en algo que no es exclusivamente beber, fumar y bailar. Te permite conversar.
Entiendo que para alguien que nunca haya estado en uno parezca algo absurdo que sólo genera basura y ruido. Pero no todos los jóvenes se comportan igual, hay mucha gente que recoge sus restos. Otros en cambio los dejan indiscriminadamente en el suelo. Pero me parece hipócrita que en ciudades como Madrid se pueda responsabilizar a los jóvenes de esto, mientras la mujer que se ha quejado de la suciedad que genera un botellón, esa misma mañana permite a su hijo que arroje el cartón de una revista en mitad de la calle. Está claro su hijo será uno de esos que el día de mañana dejarán las botellas en mitad del parque.
Ésta, en mi opinión, es uno de los mayores errores que se cometen a la hora de considerar la cuestión botellón. Cuando se toma a los jóvenes como colectivo y no como individuos. No todos somos iguales, no todos salimos con las mismas intenciones, no todos cuando salimos buscamos las mismas cosas, no todos dejamos basura, no vamos al botellón a gritar, vamos a hablar. No todo es malo en el botellón; si lo que preocupa son esos comportamientos huecos de los jóvenes, su automatismo, su escepticismo, hasta que las medidas no vayan orientadas hacia esa dimensión el botellón, o por lo menos lo que la gente asocia con el botellón, no acabará, al menos de momento.
En lo que a mí respecta como se puede deducir de lo dicho, me gustan los botellones y no me parecen tan nocivos como los pintan. Para mí supone una forma de compartir mi tiempo y conversar con otras personas mientras tomo algo con poco gasto. En un entorno más sano que una discoteca. El escaso gasto que me supone me permite hacer otras cosas con el dinero que me podría gastar en salir por bares o discotecas. Mi experiencia me dice que los que gritan, gritan estando en un botellón o trasladándose de un bar a otro. Son los llamados “notas” que siempre van dándola por ahí. El ruido que genera un botellón podría ser equiparable al que se existe en un calle repleto de pubs. Pero el botellón no compensa por que sólo los chinos de turno sacan algo de beneficio económico. Con este ensayo sólo pretendía defender un poco a un evento que tantos buenos momentos me ha dado, con mis amigos, con gente que acabo de conocer, con música en directo, viva …Y que en cambio tantas críticas, a mi parecen poco perspicaces, se le realizan.
Aunque se han tomado muchas medidas legales en contra del botellón y la mayor parte de la población está en contra, los jóvenes fieles a su condición natural siguen haciendo lo que quieren: reivindicando cada fin de semana qué es lo que les gusta hacer a pesar de los problemas que suscita estar al margen del sistema y tener en contra a casi toda la sociedad no- joven, por cierto, muy numerosa en España.
La “cultura del botellón” se ha impuesto sobre otras formas de ocio. Los ciudadanos se quejan, los bares nocturnos se arrancan los ojos cada vez que unos jóvenes beben frente a su establecimiento, los ayuntamientos prohíben estos eventos. Pero nadie se pregunta por qué. Por qué se ha impuesto esta forma de divertirse sobre otras, por qué el botellón genera tantos problemas si en realidad ni si quiera es algo violento o peligroso, por qué los jóvenes beben en lugar de hacer otras cosas, por qué ensucian…Se imponen medidas pero no se buscan soluciones. Se intenta erradicar el botellón, cortándole únicamente las puntas, si lo que preocupa es el nuevo modo de diversión de la juventud, la solución de prohibir el botellón no vale.
No considero que hacer botellón sea la manifestación de una libertad excepcional, ni que los jóvenes encuentren en tales eventos la posibilidad de ejecutar una libertad coartada en otros ámbitos. Simplemente es una opción entre varias para pasar una noche de fin de semana; que para algunos sea la única posibilidad, como se alega cuando intentan erradicar este movimiento, es otro problema. Un problema que va más allá de beber o no beber, de que exista el botellón o no, sino que se enraíza en lo más profundo del individuo, en sus motivaciones y expectativas vitales. Tiene que ver con el vacío existencial de quién lo padece, muy común en esta época y no con que se participe en un botellón, se beba en una casa o en una discoteca. Ese desatino afecta a muchos hijos de nuestro tiempo, jóvenes y mayores. Y se puede manifestar de muchas maneras. Es tan preocupante la situación de un joven que baraja cómo única opción acudir a un botellón como la de personas que pasan su fin de semana en un centro comercial, realizando compras, la mayoría innecesarias y en ocasiones hasta compulsivas. La función que estas personas otorgan al ocio es la misma: Gastar el tiempo en algo, da igual en qué. Si es posible, que no implique pensar demasiado y sea lo más placentero posible.
Si lo consideramos desde ese punto de vista nos daremos cuenta de que la cuestión de fondo de ese tipo de afirmaciones no radica en que exista el botellón o no, sino en que pueda llegar a forjarse entre los jóvenes una conciencia de ocio productivo. Siendo así, no creo tampoco que ir a un botellón un viernes o sábado sea necesariamente sinónimo de ocio improductivo. Los jóvenes también utilizan ese tiempo para ver a los amigos que en los días de semana no pueden ver, para hablar de cosas interesantes con conocidos o incluso con desconocidos que pueden ofrecer una nueva visión sobre un tema. Un botellón permite lo que una discoteca imposibilita: hablar. Ocupar tu tiempo de ocio en algo que no es exclusivamente beber, fumar y bailar. Te permite conversar.
Entiendo que para alguien que nunca haya estado en uno parezca algo absurdo que sólo genera basura y ruido. Pero no todos los jóvenes se comportan igual, hay mucha gente que recoge sus restos. Otros en cambio los dejan indiscriminadamente en el suelo. Pero me parece hipócrita que en ciudades como Madrid se pueda responsabilizar a los jóvenes de esto, mientras la mujer que se ha quejado de la suciedad que genera un botellón, esa misma mañana permite a su hijo que arroje el cartón de una revista en mitad de la calle. Está claro su hijo será uno de esos que el día de mañana dejarán las botellas en mitad del parque.
Ésta, en mi opinión, es uno de los mayores errores que se cometen a la hora de considerar la cuestión botellón. Cuando se toma a los jóvenes como colectivo y no como individuos. No todos somos iguales, no todos salimos con las mismas intenciones, no todos cuando salimos buscamos las mismas cosas, no todos dejamos basura, no vamos al botellón a gritar, vamos a hablar. No todo es malo en el botellón; si lo que preocupa son esos comportamientos huecos de los jóvenes, su automatismo, su escepticismo, hasta que las medidas no vayan orientadas hacia esa dimensión el botellón, o por lo menos lo que la gente asocia con el botellón, no acabará, al menos de momento.
En lo que a mí respecta como se puede deducir de lo dicho, me gustan los botellones y no me parecen tan nocivos como los pintan. Para mí supone una forma de compartir mi tiempo y conversar con otras personas mientras tomo algo con poco gasto. En un entorno más sano que una discoteca. El escaso gasto que me supone me permite hacer otras cosas con el dinero que me podría gastar en salir por bares o discotecas. Mi experiencia me dice que los que gritan, gritan estando en un botellón o trasladándose de un bar a otro. Son los llamados “notas” que siempre van dándola por ahí. El ruido que genera un botellón podría ser equiparable al que se existe en un calle repleto de pubs. Pero el botellón no compensa por que sólo los chinos de turno sacan algo de beneficio económico. Con este ensayo sólo pretendía defender un poco a un evento que tantos buenos momentos me ha dado, con mis amigos, con gente que acabo de conocer, con música en directo, viva …Y que en cambio tantas críticas, a mi parecen poco perspicaces, se le realizan.
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Sueños en lo etílico por Borja Valcarce
La libertad se puede definir de diversas maneras. En nuestra sociedad la que se puede escuchar en boca de todos es la que reza lo siguiente: “es hacer lo que uno quiere cuando quiere”, y a veces alguien añade: “por supuesto respetando la de los demás como límite de la nuestra”. Ciertamente, la gente que añade esta coletilla tiene más cabeza que aquellos que solo piensan en satisfacer sus necesidades más bajas y apremiantes.
Como se podrá observar, este concepto de libertad puede ser fácilmente aplicable a cualquier acción que se quiera realizar. No hace falta otra idea. Si yo quiero emborracharme… me emborracho. Si quiero perder el dominio de mis facultades por tiempo indefinido no habrá quien me lo prohíba. “Solo faltaba que viniese algún ser de la prehistoria a decirme cómo perder mi tiempo y cuál es la mejor forma de vivir mi vida”.
A grandes rasgos esa es la actitud que se puede observar en la mayoría de los jóvenes aletargados y congelados por una sociedad que es incapaz de despertar de la apatía en la que ella misma se ha sumido. Puede ser este un buen momento para que nos preguntemos no por el porqué del hecho del botellón, sino por sus causas. Espero que esté claro que el botellón es algo que no puede cambiarse. Casi se podría decir que se está convirtiendo en parte de la cultura española. Incluso los extranjeros realizan viajes relámpago para vivir durante una noche el fenómeno del botellón.
Ahora bien, antes los jóvenes se movilizaban por cuestiones políticas. En cualquier sociedad occidental la gente se manifestaba y luchaba contra lo que en esa época se creía que era injusticia. Solo hay que recordar el movimiento hippy o a los universitarios protestando contra el régimen de Franco, entre otros. Hoy en día la realidad es bien distinta… ya no se lucha por ninguna idea de justicia, ya no se desean cambiar las cosas porque, y la realidad es la misma en el subconsciente común, cuando los jóvenes abre los ojos por la mañana y se dan cuenta de lo bien que viven desean tener algún día el mismo bienestar. Y si nos encontramos con personas desfavorecidas veremos que la actitud se centra en conseguir aquello que nunca han tenido, pero que ven en los demás.
El deseo de acomodarse tranquilamente en una sociedad política que no pide nada más que la ciega obediencia de sus ciudadanos se convierte casi en un instinto que obnubila la mente de cualquier ser racional. El botellón se convierte en el problema a tratar porque es la protesta de unos jóvenes que no saben que encrucijada tomar en sus vidas. Son niños que no tienen ideales por los que luchar, con los que descargarse de toda esa fuerza juvenil que les pide a gritos cambiar el mundo.
Pero la deprimente realidad es que sus mentes, abotargadas por la sociedad de lo “políticamente correcto” y el conformismo existencial, no les exige nada, es más… no les da una razón por la que luchar… Y todo el mundo sabe que cuando una persona tiene tiempo que no sabe con qué actividad ocupar puede hacer tres cosas: perderlo, hacer un botellón y perderse en las tinieblas del sopor etílico o… filosofar.
Como se podrá observar, este concepto de libertad puede ser fácilmente aplicable a cualquier acción que se quiera realizar. No hace falta otra idea. Si yo quiero emborracharme… me emborracho. Si quiero perder el dominio de mis facultades por tiempo indefinido no habrá quien me lo prohíba. “Solo faltaba que viniese algún ser de la prehistoria a decirme cómo perder mi tiempo y cuál es la mejor forma de vivir mi vida”.
A grandes rasgos esa es la actitud que se puede observar en la mayoría de los jóvenes aletargados y congelados por una sociedad que es incapaz de despertar de la apatía en la que ella misma se ha sumido. Puede ser este un buen momento para que nos preguntemos no por el porqué del hecho del botellón, sino por sus causas. Espero que esté claro que el botellón es algo que no puede cambiarse. Casi se podría decir que se está convirtiendo en parte de la cultura española. Incluso los extranjeros realizan viajes relámpago para vivir durante una noche el fenómeno del botellón.
Ahora bien, antes los jóvenes se movilizaban por cuestiones políticas. En cualquier sociedad occidental la gente se manifestaba y luchaba contra lo que en esa época se creía que era injusticia. Solo hay que recordar el movimiento hippy o a los universitarios protestando contra el régimen de Franco, entre otros. Hoy en día la realidad es bien distinta… ya no se lucha por ninguna idea de justicia, ya no se desean cambiar las cosas porque, y la realidad es la misma en el subconsciente común, cuando los jóvenes abre los ojos por la mañana y se dan cuenta de lo bien que viven desean tener algún día el mismo bienestar. Y si nos encontramos con personas desfavorecidas veremos que la actitud se centra en conseguir aquello que nunca han tenido, pero que ven en los demás.
El deseo de acomodarse tranquilamente en una sociedad política que no pide nada más que la ciega obediencia de sus ciudadanos se convierte casi en un instinto que obnubila la mente de cualquier ser racional. El botellón se convierte en el problema a tratar porque es la protesta de unos jóvenes que no saben que encrucijada tomar en sus vidas. Son niños que no tienen ideales por los que luchar, con los que descargarse de toda esa fuerza juvenil que les pide a gritos cambiar el mundo.
Pero la deprimente realidad es que sus mentes, abotargadas por la sociedad de lo “políticamente correcto” y el conformismo existencial, no les exige nada, es más… no les da una razón por la que luchar… Y todo el mundo sabe que cuando una persona tiene tiempo que no sabe con qué actividad ocupar puede hacer tres cosas: perderlo, hacer un botellón y perderse en las tinieblas del sopor etílico o… filosofar.
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