24 de diciembre de 2006

Amistad y significado por Borja Valcarce

La amistad es uno de los temas filosóficos por antonomasia. Platón describió la amistad de una forma sumamente curiosa que no puede dejar de ser explicada en este texto. Para este autor, la amistad aparece como una consecuencia necesaria del conocimiento de lo “realmente real”, es decir, cuando una persona alcanza la sabiduría- para él la Idea de Bien- debe enseñarla a los demás, porque sino, no la ha conocido realmente. De hecho, la teoría platónica, al igual que la moral imperante en aquella época, exigía beneficiar a los amigos y atacar a los enemigos.[1]

Aristóteles, por su parte, desarrolló un concepto de amistad extenso y coherente con su entero cuerpo filosófico.[2] Para el estagirita la amistad “es una virtud o va acompañada de virtud y además es lo más necesario para la vida”[3]. Pues bien, dejando de lado los tres tipos de amistad que recoge Aristóteles[4], se puede decir que en la actualidad el verdadero sentido de la amistad se ha perdido. De hecho, una de las bases de la amistad se basa en la comunión de intereses, si es amistad perfecta, que es la que consideramos como paradigma de la verdadera amistad, y esto ya no se tiene en cuenta. Las relaciones de amistad, al igual que la entera realidad, han quedado degradadas a simples relaciones de interés o utilidad.

De hecho, esto es tan cierto, que el propio MacIntyre hablando de la dependencia que los seres humanos tenemos los unos de los otros[5], y no solo por alguna discapacidad física o psicológica, afirma, en última instancia, que la amistad, como virtud, es uno de los cauces necesarios para entender los sentimientos del otro[6]. Por esto, puede afirmar que “al hacerse efectivamente responsable uno aprende no sólo a hablar al otro, sino a hablar por el otro. En ese momento, dos individuos llegan a ser amigos en el sentido preciso de la palabra, (por el contrario)-continua- uno sigue siendo prisionero de sus prejuicios compartidos en la medida en que permanezca atrapado en relaciones y compromisos de reciprocidad”[7]. Así, este tipo de relaciones no pueden ser catalogadas como “amistosas” por su esencial utilitarismo.

Es más, a mi entender se hace necesario recuperar el imperativo categórico kantiano[8] y aplicarlo al orden de la amistad para que el ser humano sea tratado como fin en sí mismo y no como puro medio. En una sociedad en la que la persona es tratada de esta forma, es decir, con auténtica benevolencia[9], se puede afirmar con R. Spaemann que “la amistad es un regalo libre y una libre elección. […] Amigos verdaderos se pueden tener sólo en un número tan reducido que la entrega a ellos no se convierta en asunto de consideraciones en torna a la justicia[10]. Esta idea ya fue recogida antes por Aristóteles cuando afirmaba que “es natural, sin embargo, que tales amistades sean raras, porque los hombres así son pocos. Además, requieren tiempo y trato”[11].

De hecho, en una sociedad en la que prima el individualismo, la amistad queda reducida a un mero hecho, ya no necesario por la propia naturaleza del hombre que, tal como Aristóteles lo describió, es un “animal social por naturaleza”, sin un significado bien determinado y establecido, sino como una noción, que al perder su significación, ha quedado reducida a relaciones interesadas y utilitarias en las que el ser humano se ve reducido a lo qué tiene y no a lo qué es.

Nunca ha quedado mejor explicado este problema del “entre” que de la siguiente manera: “La forma como las personas tratan a las personas resulta del modo como las personas se dan unas a otras”[12]. Por lo tanto, el problema que se ha radicalizado en la sociedad contemporánea es la pérdida del verdadero significado que implica una “amistad perfecta”. “Pero la amistad perfecta es la de los hombres buenos e iguales en virtud; porque éstos quieren el bien el uno del otro en cuanto son buenos, y son buenos en sí mismos; y los que quieren el bien de sus amigos por causa de éstos, son los mejores amigos, puesto que es por su propia índole que tienen esos sentimientos y no por accidente; de modo que su amistad permanece mientras son buenos, y la virtud es una cosa permanente”[13].

Para finalizar, soy incapaz de sustraerme a la tentación de mostrar una de las formas más bellas, y en una de las lenguas más líricas y rítmicas, en las que la amistad ha quedado reflejada[14]:

Ondas do mar de Vigo,

¿Se vistes meu amigo?

¿E-ai Deus- se verrá cedo?

ondas do mar levado,

¿Se vistes meu amado?

¿E-ai Deus- se verrá cedo?

¿Se vistes meu amigo

o por que eu sospiro?

¿E-ai Deus- se verrá cedo?

¿Se vistes meu amado

que me ten en coidado?

¿E-ai Deus- se verrá cedo?[15]



[1] Platón en La República trata de criticar la noción griega de la amistad como beneficio del amigo y ataque al enemigo que defiende Céfalo utilizando las palabras de Simónides, pero al final acaba admitiendo que es así, pero no por las razones que expone su oponente, sino porque el tema principal al que se refería la discusión era el de la justicia.

[2] Aristóteles, Ética a Nicómaco Libro VIII Clásicos Políticos, Madrid 2002

[3] Ibid., 1155a

[4] Amistad por interés, amistad por utilidad y amistad perfecta. Ibid 1156a-1157a

[5] Alasdair MacIntyre, Animales racionales y dependientes, Paidos Básica, Barcelona 2001

[6] ¿Qué clase de amistad es necesaria? […] El ser humano aprende a examinarse a sí mismo cuando es examinado por los demás y aprende a entenderse a sí mismo cuando tratan de entenderlo los demás. Ibid 173-174

[7] Ibid 176 y 181

[8] Kant, Crítica de la razón práctica

[9] Para este autor el acto mayor de la benevolencia es el de la amistad aunque, evidentemente no reduce la benevolencia únicamente a la realidad conformada por la amistad.

[10] Robert Spaemann, Felicidad y Benevolencia p. 169 Ediciones Rialp Madrid 1991

[11] Op cit. 1156b – 1157a

[12] Robert Spaemann, Personas p.177 Ediciones Eunsa Pamplona 2000

[13] Op Cit. Ética a Nicómaco 1156b

[14] Martin Codax Ondas do mar de Vigo Pergamino de Vingel (Pierpont Morgan Library, New York, Vindel MS M979)

[15] Ondas del mar de Vigo, /¿habéis visto a mi amigo? / Ay, Dios! ¿vendrá pronto? / Ondas del mar alzado, / ¿habéis visto a mi amado? / ¡Ay, Dios! ¿vendrá pronto? / ¿Habéis visto a mi amigo, / aquel por quien yo suspiro? / ¡Ay, Dios! ¿vendrá pronto? / ¿Habéis visto a mi amado, / por quien siento gran cuidado? / ¡Ay, Dios! ¿vendrá pronto?

Porque nuestro descanso es nuestro lugar por Elsa Muro

No sé exactamente cómo comienza una amistad. Sólo sé que conforme avanza la vida, una va conociendo cada vez más y más gente, y que la gran mayoría se aloja en esa parte de la memoria que no recuerda emociones, sino sólo imágenes que no dejaron rastro en el corazón. Aquella profesora morena que me daba matemáticas en tercero de EGB, el vecino que se mudó con la familia a otro barrio antes de que llegara a hablar una sola vez con él, o el señor que esta tarde me ha vendido media docena de castañas en la esquina del bar Molino. Todos ellos tienen su sitio en mis recuerdos, sí, pero no han contribuido apenas a eso que yo soy.

Sin embargo, en otra parte de mi colección de vivencias, hay un considerable número de personas que, cuando las traigo a la conciencia, reproducen en mí, a veces con menos, otras con más intensidad, los sentimientos que nacieron al conocerlas. Me viene a la memoria, por ejemplo, la señora que me defendió de un indigente borracho que me asaltó de pequeña, un día que caminaba hacia mi colegio. O aquel señor que, con cara de padre, me echó una gran bronca el otro día desde su coche por cruzar con el semáforo en rojo. Son personas que despertaron algo en mí, y cuando pienso que seguramente no les volveré a ver, me pena no haber aprovechado para conversar más con ellos cuando tuve la ocasión.

Creo que un amigo pertenece a este segundo grupo de gente, a esta clase de seres que entran en la vida de una con una gracia especial, manifestando una inquietante sintonía con lo que una es, y que logran tomar asiento en la memoria emocional. Es algo misterioso, si se piensa, el fenómeno de caerse bien. Una conoce a alguien un día cualquiera y, sin saber explicar por qué, le entiende, siente gusto, placer por saber de la existencia de esa persona que resulta entrañable y familiar.

Pero un amigo es mucho más que esa simpatía inicial. Porque un amigo, además, se queda. Generalmente por circunstancias no buscadas, la vida misma se encarga de que, de vez en cuando, dos personas que se han entendido mutuamente en un primer encuentro, tengan ocasión de conocerse más. La gente no hace amigos en el supermercado o en un paso de cebra. Normalmente, las amistades brotan en áreas de vida en común, como pueden ser el colegio, la universidad, o el trabajo. Quizá en esto tenga mucho que ver el hecho de que la amistad se da entre iguales, entre personas con los mismos intereses, con una edad próxima, que viven una cotidianeidad cercana. Pero creo que hay otra razón de más peso todavía, y es el hecho de que una amistad requiere ser alimentada a lo largo del tiempo. No basta con caerse bien: la señora que me salvó de pequeña del borracho callejero no es mi amiga, sino alguien que no pudo evitar sentir compasión por mí, y que sencillamente actuó en coherencia con su instinto.

Dos son, pues, al menos, los ingredientes de la amistad: semejanza y hábito. Lo primero es involuntario: simplemente ocurre o no. El hábito, en cambio, sí se construye por la voluntad, aunque también tiene un componente ajeno a la propia libertad (una cercanía espacio-temporal en la vida).

En mi opinión, lo más interesante desde el punto de vista filosófico es esa primera causa de la amistad, la semejanza. San Agustín decía, muy agudamente, que el amor (y la amistad no es sino uno más de los colores afectivos que puede tener el amor) es como un peso, porque mueve al ser humano a aquellos lugares donde éste encuentra el reposo. Encontrar reposo: qué exactísima metáfora. Porque precisamente un amigo es alguien con quien una puede relajarse, alguien con quien se puede suspender todo ese mecanismo psicológico de autodefensa que provoca el miedo a ser juzgado por lo que se hace. Como cantaba un poema de Saint-Exupéry, un amigo no te evalúa por tus andanzas ni por tus fórmulas, sino que observa éstas con la indulgencia propia el amor. No son las propias acciones las que le informan de quién eres, sino que precisamente por aceptar lo que eres, las juzga con benevolencia.

Todos tenemos un lugar, una vocación, todos estamos llamados, como desde lejos, a algo. Con el tiempo, créanme, he aprendido que se sabe cuál es el propio lugar a través de señales muy claras. Una de esas señales es el sentimiento de paz, de reposo que se halla al hacer aquello para lo que una sirve por naturaleza. El encuentro con un amigo es un lugar de descanso. Porque la amistad se caracteriza por el sosiego que otorga el ser recibido con gusto precisamente por lo que se es. La amistad supone encontrar el propio lugar en el otro a través del amor. Encontrar el propio lugar es encontrarse a una misma, y esto no ocurre en la soledad del yo, sino en el tú. Como dijo el poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson, “un amigo es una persona con la que se puede pensar en voz alta”. Pensar es algo así como hablarse a una misma, y hablar a un amigo es hablar a alguien como me hablo a mí: es identificarme en el otro.

Hace poco, en un seminario de filosofía, conocí a una profesora argentina que en un principio me intimidó un poco, pero con la que, al cabo de unas horas de haberla conocido, en la cena que se organizó para darle la bienvenida a Pamplona, entablé una de esas conversaciones en las que una siente la extraña impresión de ser íntimamente comprendida. Como creo que ella sintió algo parecido, decidimos continuar esa conversación a través del correo electrónico, y hace poco me escribió algo que, por otra curiosa casualidad, tiene mucho que ver con el tema que hoy nos ocupa. En respuesta a mis dudas sobre la falta de autenticidad que suele acompañar a la compasión y al pánico a no ser querida, me dijo: “Elsa, en la vida lo más difícil que hay es seguir el propio deseo”. No tengo ahora espacio ni tiempo para explicar a fondo esta idea. La dejo así, en el aire, para que quien me lea no encuentre excusa para dejar de pensar, y se dé cuenta, tal vez, del valioso tesoro que entraña la amistad.

La amistad por Ramón Corpas

Todos tenemos amigos, desde que éramos pequeños los hemos tenido, todos. Es especialmente fácil hacer amigos cuando eres un niño, cuando lo único que se necesita para hacer amigos es tener ganas de jugar. Los problemas empiezan más adelante conforme se fragua un contexto dentro del cual los niños han de encajar so pena de ser desterrados del grupo. Esta situación alcanza un período crítico en la pubertad y a partir de ahí, con la madurez, todos pasan a llevarse más o menos bien, o por lo menos empiezan a comportarse y no se pegan cada dos por tres.

La amistad generalmente es malinterpretada por el concepto de “llevarse bien”, pero no es lo mismo. Si dos personas se llevan bien significa que disfrutan de la compañía del otro, se podría decir, que experimentan un cierto placer derivado de una conversación con la otra persona o de practicar una cierta actividad con ella: deporte, jugar a cartas… Sin embargo, la amistad a pesar de englobar esto, también tiene otra característica muy importante: la confianza.

Amigo es aquel a quien podemos contar nuestros secretos, aquel con quien podemos compartir nuestras vivencias y pedir consejo. Se podría decir que la amistad se puede medir por la intimidad de la información que se confía a la otra persona. Pero no solo eso, también confiamos en nuestros amigos cuando necesitamos ayuda. Si necesitamos un favor lo harán para nosotros, pero también es propio de la amistad el saber hasta dónde se puede pedir.

La amistad es algo recíproco, se da en dos direcciones. Así pues, también estamos dispuestos a dar todo lo que podemos pedir. Se dice que cuando se hacen favores no se pide nada a cambio, pero eso no es cierto, a cambio se quiere saber que el otro estará dispuesto a hacer lo mismo o más por nosotros. ¿Quién querría como amigo a alguien que no se preocupa por él, a alguien que le dejara tirado si se diera la ocasión en que necesitara ayuda?

Por otro lado, hemos de decir que la amistad no lo puede todo, y que el trato asiduo es necesario para mantenerla viva. Es cierto que si no hemos visto a un amigo en mucho tiempo la amistad se ha podido resentir, pero es probable que conservemos un gran afecto por los antiguos amigos.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que para hacer amistades es necesario tener puntos de vista en común con la otra persona, es mucho más fácil ser amigo de alguien que piensa como uno mismo que de alguien que piensa de forma distinta. En este punto son muy importantes los estereotipos, es mucho más fácil entablar una relación con alguien de mente abierta que deshecha los estereotipos que con alguien incapaz de cambiar de opinión.

Por último, diré que no hace falta ninguna actitud especial para hacer amigos, si bien algunas personas son más populares debido a su carácter cualquier persona con sentido común que sea capaz de tratar a otra persona con respeto puede tener amigos, ya que son aquellos que tratan mal a los demás son los que terminan solos.

¿Qué es más importante: la libertad o la seguridad? por Ramón Corpas

Generalmente reconocemos a las personas por su apariencia física ya que es la primera que apreciamos, sin embargo, el hombre es mucho más que eso, de hecho, si nos preguntaran quién es alguien, más que a su cuerpo nos referiríamos a su personalidad. Por eso mismo tenemos problemas con el trato a gente en estado vegetal, no sabemos qué son, si siguen siendo ellos o si no son más que una cáscara vacía.

Es curioso cómo ni siquiera sabemos qué o quiénes somos, no sabemos cómo hemos llegado a ser la persona que somos. Es indiscutible el hecho de que todas nuestras experiencias nos afectan de forma que terminamos siendo como somos. El hecho es que estas experiencias hacen que tengamos una ideología general de la que nos es imposible escapar, la cultura.

La cultura cambia según lugares y personas, en distintos países existen distintas formas de pensar y de interpretar el mundo, pero todos somos humanos y eso hace que dentro de nuestras diferencias se hallen infinidad de semejanzas. Por ejemplo surgen similitudes extraordinarias en las etapas de desarrollo de los imperios. Los imperios tienen un primer momento de ampliación territorial. Más adelante, cuando este momento cesa, es cuando el imperio empieza a vivir, se fraguan las instituciones y las ideologías y generalmente (por no decir siempre) se agrupa a la población alrededor de una religión con sus normas y ceremonias. Existe una gran intransigencia hacia aquellos que romper las reglas de juego. Por último existe un tercer momento de decaimiento y degeneración en el que las personas ya han alcanzado un cierto bienestar y sólo se dedican a disfrutar. Es en este último momento en el que vivimos, en su principio por lo menos.

Hoy en día la diversión de los jóvenes es emborracharse e irse de marcha, y en un país como este en el que, al fin y al cabo la mayoría de las personas son bastante más vagas que en otros y estamos bastante más dados a la fiesta, no está demasiado mal visto. Últimamente lo que está de moda es el botellón. Esto se puede mirar de dos formas, como un grupo de amigos que se juntan para estar y hablar y que de paso, se toman un par de copas, o como un grupo de jóvenes degenerados, vagos y delincuentes que se juntan para emborracharse, ensuciar y destruir todo lo que encuentran a su paso. Yo abogo por un término medio, es cierto que los jóvenes no siempre recogen lo que usan y aunque, de vez en cuando, hay algún exaltado que hace destrozos por la ciudad, la mayoría se comporta, más o menos.

En el fondo se trata del debate libertad-seguridad, el hecho de que sea visto así muestra que vivimos en aquél tercer momento del que hablaba, pues no se trata realmente de decidir ente libertad o seguridad, sino más bien entre seguridad y libre albedrío. En última instancia se trata de descubrir cómo se es más libre. En este mundo en el que vivimos los significados de las palabras han sido alterados de forma inimaginable, e igual que la verdad ha sido sustituida por la certeza, la libertad ha sido suplantada por el libre albedrío. Así, hemos llegado a la anarquía ideológica en la que se cree que las normas, todas las normas, coartan la libertad (por eso está mal visto decir que no todas las opiniones son igual de respetables), cuando el hombre sólo puede ser realmente libre si se rige por ellas. Entiéndase bien, las normas pueden coartar la libertad, pero sólo las malas leyes. El hombre no sería más libre por no vivir según leyes, vivir en la naturaleza como los animales, de hecho, si así fuera, el ser humano dejaría de ser persona, animal racional, para convertirse en sólo animal.

A las personas nos gusta tener control, conocer las leyes de comportamiento de personas y objetos, nos gusta vivir seguros, pero llega un momento en el que la vida se da por garantizada y entonces se descuida. Vivimos en un mundo en el que no nos preocupamos por nuestras necesidades básicas porque las damos por supuestas, lo mismo ocurre con la seguridad, por eso hay personas que quieren vivir aventuras, salir de la rutina porque es algo que creen que tienen garantizado, por eso no nos damos cuenta de la importancia de las cosas hasta que las perdemos. En este ensayo no pretendo juzgar si debemos vivir todos de la forma más casta renunciando a toda comodidad o si simplemente debemos dejarnos llevar, sólo presento los hechos. Lo único que pretendo es lanzar un aviso de que no se tomen decisiones a la ligera, ya que cada pequeña decisión nos lleva a vivir una experiencia que nos forma, tanto a nosotros, como al resto de gente de este planeta, creando y destruyendo culturas, creando y destruyendo vidas.

La fuerza de la amistad por Jaime Nubiola

En el pasado agosto, las vacaciones en el Pirineo de Huesca con sus majestuosas cumbres, las verdes y empinadas laderas, los valles de origen glaciar con neveros e ibones, trajeron a mi memoria aquella formidable escena que relata Saint-Exupery en Tierra de hombres de su amigo piloto accidentado en medio de los Andes. Merece la pena recordarla para advertir el contraste entre la precariedad del amor y de la amistad en nuestra sociedad y la fuerza efectiva de estos vínculos afectivos.

Se trataba del avión postal que llevaba el correo desde Santiago de Chile a Mendoza. Al cruzar los Andes, un terrible temporal derriba al pequeño avión sobre las montañas. Una vez liberado de la cabina destrozada, el piloto ileso comienza a caminar en la dirección en que, piensa, puede encontrar antes socorro. Pero los Andes son inmensos y las fuerzas físicas y los alimentos muy limitados. «En la nieve —contaba el piloto— se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, uno sólo quiere dormir. Era lo que yo deseaba. Pero me decía a mí mismo: si mi mujer cree que estoy vivo, sabe que camino. Mis camaradas saben que camino. Todos ellos confían en mí y soy un cerdo si no camino.»

El amor a su mujer y la lealtad a sus amigos le mantienen en pie y, cuando está ya a punto de abandonarse agotado sobre la nieve, el recuerdo de que hace falta recuperar el cadáver para que su mujer pueda cobrar su seguro de vida le da nuevas fuerzas para seguir adelante. "En caso de desaparición —explica Saint-Exupery— se tarda cuatro años en declarar la muerte legal. Este detalle te hizo reaccionar, borró las otras imágenes. Tú estabas boca abajo en una pronunciada pendiente de nieve. Al llegar el verano, tu cuerpo rodaría con el barro hasta una de las mil grietas de los Andes. Lo sabías. Pero también sabías que una roca se alzaba delante de ti, a cincuenta metros: «Pensé: si me pongo de pie, tal vez podré llegar hasta ella. Y si me quedo en la piedra, al llegar el verano lo encontrarán.» Una vez en pie, anduviste durante dos noches y tres días hasta que te encontraron". La historia pone la piel de gallina: nos emociona comprobar que el amor a su esposa le salvó a Guillaumet literalmente la vida.

Una historia como ésta permite entender bien que la calidad de una vida —parafraseando a Saint-Exupery— está en función de la calidad de los vínculos afectivos libremente elegidos. Son el amor y la amistad los que nos salvan a todos la vida. En su luminoso ensayo "La amistad, un tesoro" la filósofa Ana Romero ha escrito que "queremos tener amigos en la vida para no estar solos —a veces se siente la soledad incluso estando rodeados de gente—, para vivir la vida más a fondo y para disfrutarla de verdad. Como escribió Aristóteles, «sin amigos nadie querría vivir aun cuando poseyera todos los demás bienes»." Esto debería ser así de claro para todos; sin embargo, en la cultura dominante el amor verdadero y la amistad sólida son más bien infrecuentes. Nuestros jóvenes quizás incluso los rehúyen por el compromiso que tantas veces implican. Los vínculos afectivos fuertes son ataduras que nos hacen dependientes de los demás y, por tanto, que nos hacen más vulnerables. El sufrimiento de quienes queremos nos hace sufrir a nosotros también.

Mi buen amigo, el filósofo venezolano Rafael Tomás Caldera, llamó mi atención sobre las sugestivas palabras de Joan Manuel Serrat al recibir el pasado mes de mayo el doctorado honoris causa en la Universidad Complutense. En aquel discurso —que merece una lectura completa— el admirado cantautor realiza un encendido elogio del oficio de hacer canciones, reivindica los valores de la libertad y la justicia como una misma cosa, y en particular hace una maravillosa defensa de la amistad como aquello que ha dado sentido a su vida: "esta distinción —terminaba Serrat su discurso— es el fruto de algo tan simple y preciado como el cariño. Así lo entiendo y lo agradezco. Si para algo vale la pena vivir es para querer y ser querido. Es lo que mueve mis pasos. Probablemente, a lo largo de mi vida no haya hecho otra cosa que lo que estoy tratando de hacer ahora mismo: que me quieran mis amigos. Y tener cada vez más. Que es la única acumulación que merece la pena en la vida y por la que no se pagan impuestos".

6 de diciembre de 2006

Hacia una sociedad integrada por Ignacio Salinas

Uno de los problemas más evidentes de la sociedad contemporánea es su carácter eminentemente individualista. Esto resulta, cuanto menos, algo ambiguo, ya que aparentemente es contradictorio con la propia naturaleza de lo social. No obstante, es una realidad. La pregunta que nos podemos plantear es: ¿Cómo es posible que en nuestra sociedad proliferen valores tan poco sociales? ¿Por qué está ocurriendo esto? Puede apuntarse una primera razón, que se basa en el profundo cambio que ha experimentado la sociedad en las últimas décadas. Hemos pasado de una economía familiar a otra de mercado, profundamente competitiva, que hace prevalecer el interés individual frente al colectivo. Max Weber ya advertía: “La comunidad de mercado… es la más impersonal en la que los hombres pueden entrar… El mercado, en plena contraposición a todas las otras comunidades, que siempre suponen confraternización personal y casi siempre parentesco de sangre, es en sus raíces, extraño a todo”. Vivimos en un contexto en el que las cosas no significan nada, en el que la manifestación conjunta ha perdido su entidad, y por lo tanto, nos encontramos solos, abandonados ante un mundo incierto que sólo espera para imponerse.

La sociedad individualista es una fractura en la propia experiencia de lo social. Esto no debe sorprendernos, es más, podría definirse incluso la sociedad y el tiempo en el que vivimos como de fractura. Nos encontramos ante un abismo, a punto de caernos por el precipicio de la desesperación, la soledad, el desamparo. Ha habido incluso personas que ya han sucumbido, y muchas veces es difícil rescatarlas. Lo que debemos es retroceder, tomar perspectiva y mirar al horizonte. Sólo será posible alcanzar esto si somos capaces de superar el individualismo, que como se ha dicho es el causante de esta situación. Él ha conseguido romper nuestra fraternidad originaria para establecer un gobierno en el que la dialéctica y la separación son sus máximas. Es una especie de vuelta al estado de naturaleza del que hablaban Locke o Hobbes, salvo que en este caso es de índole política, configuradora del sujeto como ciudadano. El problema es que el individualismo no entiende de leyes, sobre todo de las de carácter ético. La ética sufre un varapalo sin precedentes: desaparece cualquier consideración que tenga en cuenta al otro como otro, como sujeto, como ciudadano, y en definitiva, como persona. Se impone una fría razón instrumental que sólo ve en el prójimo una posibilidad para favorecer un interés particular. Las nociones fundamentales del saber ético tales como bien o justicia quedan relegadas a un interés estratégico, muchas veces de clase. En este sentido, el individualismo puede ser concebido además de en su vertiente más subjetiva, de aislamiento, en otra de grupo, en la que el yo se disuelve entre la multitud, algo que ya preocupaba a Kirkegaard.

La gran inconsistencia del individualismo es que se conforma como una postura que se basa precisamente en la noción de sujeto, pero se olvida de que, como afirma Mounier, “no existe el Yo sin el Otro”. Es decir, intenta fundamentarse en una noción que no comprende, y eso le lleva a perseguir al otro para asimilarlo, ya sea por las buenas o por las malas. No concibe que puedan darse más sujetos simultáneamente. Así, en demasiadas ocasiones, el individualismo se ha transformado en un totalitarismo, que niega la pluralidad y se proclama como único sujeto legítimo. Éste es el individualismo más temible, debido a su enorme fuerza y convicción. Y es que, a pesar de que en épocas pasadas hayamos conseguido derrotarlo, ahora nos encontramos con otros de distinto tipo, desgajados del anterior, que era eminentemente político. De todas maneras, en todos se siguen dando las mismas características generales: un sujeto con enormes ansias de poder (una empresa, un sector radical de una determinada religión, como pueden ser los fundamentalistas islámicos, un grupo social…) intenta imponerse al resto, para acabar estableciéndose como único sujeto de ese ámbito de la realidad. No hay respeto, ni diálogo, ni tolerancia.

La solución a este problema pasa por mostrar a la sociedad entera que para reivindicar nuestra identidad no podemos imponernos al prójimo, sino que desde nuestra diferencia y especificidad fundamental, tenemos que ser capaces de buscar puntos en común. Para ello, debemos fomentar las capacidades individuales, la genuina dimensión personal de cada uno. Cuanto más actualicemos nuestras potencialidades, más humanos seremos, y por lo tanto, más veremos la necesidad de que haya un otro. En definitiva, sólo se podrá hablar de un auténtico progreso cuando éste sea articulado, global y máximamente integrador. El reto queda así planteado. Sólo nos queda intentar resolverlo.

27 de noviembre de 2006

La paradoja del individualismo tecno-económico por Borja Valcarce

La tecnología ha sido un dulce manto que ha caído silenciosamente sobre el ser humano desde que éste adquirió la capacidad de razonar, elegir e imaginar. En los dos últimos siglos, con las revoluciones industriales, hemos asistido atónitos a un desarrollo brutal de la tecnología y las ciencias. Evidentemente, el grado de bienestar y el nivel de vida han crecido a la vera de este progreso tecnológico, al menos en aquellos países llamados “desarrollados”. Pero… ¿A qué precio?

Las teorías del contrato social desarrolladas, en un principio por Hobbes, Locke y Rousseau, han propiciado la aparición de sus homólogas contrarias que, al no estar centradas en la noción de “ley”, establecida por el Estado, y “deber”, no agrupan a las personas bajo el bienestar de la comunidad; sino que la sociedad queda conformada por los seres individuales con intereses comunes. Por ello, el poder asociativo de la comunidad se limita a cuestiones puntuales, lo que, equivocada y vulgarmente, ha sido llamado “pragmatismo”.

Asimismo, la caída de los totalitarismos durante el siglo XX y el auge de las democracias liberales han provocado la aparición de una nueva comunidad social y política centrada en su propio desarrollo autónomo y la búsqueda del mayor bienestar posible. Además, la aplicación de la segunda forma del imperativo categórico, el hombre no debe ser nunca usado como medio sino como fin en sí mismo, provoca que no se pueda actuar sin el consentimiento de la persona y, por lo tanto, el individuo se convierte en único dueño de sus actos y la sociedad queda como mera observadora, sin ninguna capacidad de juicio por no ser el sujeto activo.

Por último, un “desánimo antropológico” parece haber calado en las gentes de todas partes, que ven con desconfianza cualquier cambio radical que se pueda dar en la cultura y la sociedad. El miedo a una nueva Guerra Mundial, desplomes económicos o la pérdida de su supuesta libertad y bienestar, obligan a toda una generación a mostrarse conformista con su tiempo y, por ende, a consolidar ese pensamiento dentro de la educación de sus sucesores.

Todo el panorama teórico que ha sido descrito ayuda a comprender los derroteros que está tomando la sociedad del siglo XXI, pero no explican bien qué es lo que realmente está sucediendo en cada país, casa, hogar, familia y conciencias individuales. Con ello, solo hace falta ver el desarrollo que está teniendo internet: con el nos comunicamos mediante chats en los que la personalidad del otro al que nos dirigimos nos queda velada, incluyendo sus gestos corporales; podemos comprar de todo, siempre y cuando tengamos una cuenta y tarjeta bancaria; podemos jugar a videojuegos, leer libros, informarnos, aprender, viajar… Todo lo que se puede hacer, puede hacerse desde la red. Así, el ser humano pasará a ser considerado como “homo virtualis”, ya que todo su existir podrá ser contemplado desde la pantalla de una máquina.

Esto nos lleva irremediablemente a desaparecer como seres sociales, si se considera por ser social el hecho de poder tocar a la persona con la que se está compartiendo algo en un determinado momento. Es probable que la sociedad no desaparezca, porque la necesidad que el ser humano tiene de comunicarse con sus semejantes es natural a su condición de persona, es decir, no es algo cultural y extrínseco a él mismo. Pero las relaciones personales, ya de por sí formalizadas por el liberalismo, tal y como sostiene Buchanam, se despersonalizarán cada vez más, y llegará un momento en el que las necesidades sean resueltas por inteligencias artificiales debidamente programadas…

Los hombres y mujeres se convertirán en agentes económicos destinados a satisfacer las necesidades de otros seres en su misma situación y con él mismo papel dentro de la “sociedad”, si aún pudiese llamarse de esa manera. La comunicación se convertirá en algo puramente apresencial, como ya sucede gracias a internet y los teléfonos. Y sin embargo, se dará la gran paradoja de que, debido al individualismo supuestamente reinante, el ser humano se convertirá, si cabe, en un ser mucho más social, ya que necesitara los recursos que los demás agentes produzcan para él.

A mí entender, el individualismo tecnológico, que es el que trato aquí por la visión hasta ahora descrita de la sociedad, conlleva, entre otras cosas, el desarrollo de la comunicación impersonal y la potenciación de las pequeñas economías gestionadas por individuos parcialmente independientes. Y digo parcialmente, porque la sociedad siempre será necesaria para la supervivencia y desarrollo de la especie… es un existir inevitable.

Abrazos contra el individualismo por Jaime Nubiola

Desconozco el porqué pero siempre he asociado el término "individualismo" a la angustiosa figura de El pensador de Rodin. En 1995, mientras estaba en la Universidad de Stanford escribiendo mi libro El taller de la filosofía pude admirar una de las copias que hizo el escultor, situada entonces al aire libre frente a la magnífica Meyer Library de aquella Universidad. Me impresionó profundamente la enorme tristeza condensada en aquella estatua de una tonelada de bronce delante de aquel enorme almacén de libros.

De hecho en la primera página de mi libro expliqué que su origen se remontaba a la lectura —veinte años atrás— de los estudios de Ernst Gombrich sobre el trabajo de los artistas en las encrucijadas de la historia del arte. El abigarrado taller de un artista del Renacimiento, con sus maestros, aprendices y la mutua colaboración, me había parecido siempre una representación muchísimo más acertada del trabajo de un profesional de la filosofía que la sombría figura de El pensador de Rodin o la de Descartes solitario junto a la estufa. Siempre pensé que el trabajo en filosofía debía ser un trabajo eminentemente cooperativo y comunicativo, no una aventura solitaria parecida a la del náufrago abandonado a su suerte o a la del corredor de maratón que sólo puede confiar en sus propias fuerzas. La filosofía es un trabajo en colaboración con todos los que nos han precedido en esta maravillosa aventura de pensar, con los que viven ahora —con quienes podemos dialogar y de los que podemos aprender— y con los que vendrán después de nosotros. Además, la imagen del taller destaca bien el carácter gremial propio de los saberes artesanales que ambas profesiones —la del filósofo y la del artista— comparten y también cierto sentido manual que tiene la filosofía cuando, por ejemplo en este Grupo, se pone el acento en la escritura.

Tengo para mí que quienes se refugian en la soledad por preservar su originalidad no merecen ni el nombre de filósofos, pues no buscan ni la verdad ni la sabiduría. A este respecto me viene a menudo a la memoria aquellas líneas de Machado que pongo en mis exámenes a mis estudiantes para que las comenten libremente:

"En mi soledad
he visto cosas muy claras,
que no son verdad".
Proverbios y cantares, 1919


El individualismo moderno de cuño cartesiano, tan en boga en la cultura dominante, me parece una forma totalmente distorsionada de comprender al ser humano. Como sugiere la escultura de Rodin, el individualismo lleva a creer que el ser humano mediante la reflexión se aísla, se torna un individuo separado de los demás. Me parece que la verdad es todo lo contrario. El uso de la razón nos lleva a los seres humanos a volcarnos en los demás. En el caso de los filósofos nos mueve a tratar de encontrar razones y argumentos que hagan nuestras vidas —y las de quienes nos leen o escuchan— más humanas, más amables y a aprender a explicárselos a los demás de manera persuasiva.

Me ha impresionado la historia de Juan Mann y el movimiento internacional "Free Hugs". El vídeo en YouTube es conmovedor. Frente al individualismo dominante un joven australiano empieza a regalar abrazos gratis en las calles de Sydney —"A veces todo lo que necesitas es un abrazo", dice— y su ejemplo está recorriendo el mundo. Nosotros los filósofos regalamos abrazos a nuestros lectores cuando les damos argumentos y razones para abrirse a los demás, para no encerrarse en un individualismo destructor. Por eso, cuando pensamos con radicalidad y comunicamos lo pensado a los demás estamos dando abrazos contra el individualismo.

3º sesión del Grupo de Escritura Filosófica

La 3º sesión del Grupo de Escritura Filosófica dejó muy buenas impresiones a todos sus participantes. El texto que se pedía para esa semana sobre "El individualismo", un trabajo mucho más filosófico que los anteriores provocó buenas sensaciones y se apreció una mejoría en la calidad de la redacción de los participantes. Con todo, se echó de menos a Paula, que estaba enferma, y la compañía de Elsa. Sin embargo, el concierto era más importante. Aunque en la próxima sesión recuperaremos los debates y discusiones.

Así, debido a los puentes que se nos vienen encima, la 4º sesión queda señalada para el jueves 14 de diciembre a las 19.00. El tema para esta sesión se centra en "La Amistad", la interpretación es abierta, así que habrá que estrujarse un poco más la cabeza para ver sobre qué punto se escribe.

En los próximos días iré publicando los textos de la sesión del individualismo.

Un saludo a todos los lectores y participantes.

13 de noviembre de 2006

Imaginación frente a realidad: el fenómeno friki por Ignacio Salinas

El fenómeno friki llegó a España hace poco, aunque más bien habría que decir que esa realidad estaba ahí, pero no sabíamos como denominarla. El término friki viene del inglés freak, que significa extravagante, raro o incluso fanático. No obstante, en esta lengua se emplea este término más bien para nombrar a aquellos que quieren llamar la atención, y por eso se comportan de una forma extraña. Lo que nosotros denominamos friki se adecuaría más bien con lo que en inglés se denomina geek.

A todos nos viene a la mente la imagen del algún conocido, o la de alguien que vimos, que lo consideramos un friki. Una persona rara, curiosa, de carácter introvertido y extremadamente aficionada a algún tema extraño. Su estética es característica, y parece acompañarle en su universo de realidad paralela, como un astronauta que lleva su traje espacial no sólo porque lo necesita, sino porque con él se siente preparado psicológicamente para afrontar la nueva realidad a la que se enfrenta. Podría decirse que es una forma de hacerse a su contexto, para que le reciba con el profundo cariño que él también le profesa. El friki construye su mundo, en donde se sumerge con tranquilidad, se siente en casa; un mundo de felicidad paralela donde la imaginación es la que gobierna.

A pesar de lo dicho, la realidad de este fenómeno sociológico no está todavía clara. No sabemos bien qué es realmente un friki: una forma de denominar a un tipo de persona que tiene unos gustos característicos, o bien un insulto, un intento de apuntar con el dedo y reírse del diferente, de aquél que es auténtico y vive como tal. De momento, podemos apuntar un primera característica clara: se es friki, es decir, es algo que conforma un carácter, una forma de ser, y por lo tanto, de enfrentarse a la vida desde un punto de vista distinta al resto. La duda es: este tipo de personas son simplemente originales, o bien son gente rara, “locos” que viven según les marca el hobby que tengan: cartas de rol, videojuegos, películas, cómics o libros de ciencia-ficción… Según parece, se podría más bien decir lo segundo.

El friki es un tipo excesivamente aficionado a determinados hobbies, generalmente relacionados con Internet, en los que se encierra hasta puntos extremos, llegando incluso a distorsionar la realidad. Más que tener ideales propios, se deja llevar por un mundo, que podría decirse que es underground, que le resulta más atractivo, aunque sea falso, no tenga ningún tipo de realidad, y lo único que haga es introducir a sus adeptos en una fantasía de felicidad fingida y de placeres nocivos. Los frikis defienden que encuentran el camino de la vida buena haciendo de una actividad lúdica la razón de su vida. Pues no. Lo único que hacen es confundir la vida con un burdo juego. Sólo se puede vivir en este mundo, porque es el único que hay. Puede que sea muy imperfecto, pero ahí estamos nosotros, cada uno, para cambiarlo. Quien piense que dedicando su vida a adorar tal o cual personaje de película, libro o cómic va por el buen camino, se equivoca absolutamente. Su falsa religión sólo puede encaminarle a una frustración que antes o después aparecerá, y le hará darse cuenta de las fallos que ha cometido, de cómo se ha dejado llevar hacia un camino de oscuridad y simulacro.

La única solución pasa por desaprobar el fenómeno friki, por lo menos en sus manifestaciones más radicales. No se puede permitir que los jóvenes, muchas veces debido a su baja autoestima, caigan en las redes de este nuevo tipo de secta, que homogeneiza a las personas, anulándolas como sujetos independientes y abiertos a la verdadera vida, que sólo puede vivirse en el mundo real, y no en aquél que es fruto de la imaginación. Así, creo firmemente que los frikis deben ser re-orientados hacia la realidad que abandonaron. Es necesario de que con argumentos se les convenza de que se han equivocado. La razón debe prevalecer respecto a la imaginación, que aunque es una parte fundamental de nuestro ser, no puede tomar el control de nuestra vida. La máxima de Marcuse: “La imaginación al poder”, no la entienden bien. La “revolución del 68” buscaba cambiar las cosas, hacer de las utopías proyectos concretos que cambiaran la injusta realidad. Sin embargo, el fenómeno friki no se encamina hacia una mejora de la sociedad, sino que lo que éstos hacen es apartarse de ella, y emplear la imaginación para crear algo sólo para a ellos. La universalidad se rompe, y por lo tanto, desaparece la imaginación, que como utopía, se entrega a la verdad y lucha por que se alcance.

Así, un friki no es alguien que sea original, auténtico, que actúe de la manera en que lo hace por pura conciencia, sino que extrapola una hobby y lo convierte muchas veces en una obsesión. Por favor, no confundamos aquél que lucha por defender aquello que cree que es lo verdadero, lo que es justo, con un friki. Este último lo que debe hacer es moderar sus pasiones y otorgar a sus aficiones el lugar que le corresponden. Todo el mundo tiene hobbies, actividades lúdicas que especialmente le gustan. Por eso no es friki, aunque muchas veces pueda decirse esto. Sólo aquel para el que sus hobbies se conviertan en el fin de su vida, y para ello se aísle del resto, creando una pseudo-realidad en la que lo único que se dé es aquello que impera tal o cual afición, es un friki. Este tipo de personas deben ser ayudadas para que vuelvan a reconducir su vida por los cauces normales, en el mundo real. Se les tiene que enseñar a que utilicen su imaginación para defender proyectos que puedan mejorar el mundo, y no para construir una burbuja de soledad en la que se desvinculen de él.

11 de noviembre de 2006

Una identidad por favor por Borja Valcarce

Han pasado dos horas desde que me senté delante de la pantalla del ordenador para escribir este ensayo sobre lo que significa ser friki. Tras mucho tiempo investigando en la red, tras miles de lecturas realizadas; incluso tras realizar un test sobre qué es ser friki he llegado a una conclusión… ¡No soy un friki!… Es broma, según el test, sí lo soy, y además con un 63,9% de frikismo. Y a mucha honra.

Por lo tanto, desde el conocimiento práctico que me otorga el hecho de serlo intentaré realizar un acercamiento a las diferentes teorías e hipótesis lingüísticas que tratan de definir qué es ser friki, evidentemente sin conseguirlo, porque es una forma de vida.

Así pues, cuando nos asomamos al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española encontramos que la palabra friki no está registrada. Sin embargo, en la Wikipedia encontramos una gran descripción sobre este término. Friki es aquella persona que tiene una afición desmesurada por algún hobby o tema determinado. Sin embargo, como bien acaba afirmando, verdaderamente es friki aquel ser que lo transforma en su forma de vida.

A mi entender, esta concepción está equivocada, ya que, si seguimos las teorías de Wittgenstein, podemos ver cómo esta palabra se usa de diversas maneras según el contexto en la que se pronuncie. El friki se ha visto como una persona que suele ser inadaptada, pasota y tímida e introvertida. Además, para otras personas carecen de interés como seres humanos porque no mantienen conversaciones inteligentes ni tienen una personalidad bien definida… Evidentemente, esto es otro gran error. Es cierto que nos podemos encontrar a muchas personas que son así, pero no todo friki responde a esta descripción. En este mundo podemos encontrar de todo en toda su superficie… ya se sabe, “para gustos los colores”.

Los frikis son personas normales y corrientes que tienen unos intereses determinados y bastante comunes. La palabra tiene su origen en el término inglés freak que significa “extraño y anormal” y se aplicaba a las personas con malformaciones físicas y diferentes grados de subnormalidad. Sin embargo, la palabra se sustantivó para designar a un grupo de personas que, por sus aficiones poco comunes, eran tratadas como parias de la sociedad. Así pues, como toda máscara que se impone sobre la realidad, estas personas aceptaron su condición de “raros” y potenciaron sus rasgos característicos para formarse una identidad común que pudiesen compartir sólo entre ellos.

Pero el término siguió evolucionando hasta perder incluso su sentido despectivo. Hoy en día podría significar a cualquier persona que tiene una obsesión por un tema en concreto. Ciertamente, todavía no se usa de esta forma, pero es cuestión de tiempo, porque a nadie le importa ser llamado friki. De hecho, se ha puesto de moda y ahora todo el mundo quiere ser friki. Al fin y al cabo, significa tener un elevado interés sobre algo. Y en los tiempos que corren, en los que los jóvenes no tienen una identidad establecida salvo la que el alcohol o las drogas pueden otorgarles por las noches, ser friki significa ser alguien distinto a los demás. Es la huida de ese abrazo constrictivo que la sociedad ejerce sobre aquellos miembros que se dejan guiar por las modas institucionalmente establecidas. Por ello, puede decirse que el friki, vergüenza, sátrapa y carga para la sociedad, tiene una identidad. Pero si esta identidad es fruto del círculo social en el que se mueven, es otro tema para otro escrito.

10 de noviembre de 2006

Qué es ser friki por Jaime Nubiola

Entre la gente joven se utiliza de manera creciente el término "friki" para referirse a personas o situaciones muy diversas. Hay quienes dicen que todos tenemos nuestro punto de friki, y otros que limitan ese apelativo a aquellos que están polarizados casi de manera obsesiva con programas de ordenador, videojuegos, cómics japoneses, novelas góticas y otros elementos relativamente marginales de la cultura juvenil. Me dicen que quien compra un diente de tiburón por cinco euros a través de internet es claramente un friki, pero también puede serlo quien viste preferentemente de negro. Un friki es casi siempre antisocial, encerrado en su propio mundo, pero a menudo socializa intensamente con otros frikis como él. Un friki es marginal y obsesivo, es un raro, pero también es cada vez más normal esto de ser raro. Para unos llamar a alguien friki es un insulto, mientras que otros se enorgullecen de ser totalmente frikis. Del mosaico de respuestas incompatibles que obtuve de esta primera investigación entre la gente joven, concluí que la palabra "friki" tenía muchos sentidos y que no estaba muy claro en qué consistía realmente ser friki.

Para ganar en claridad acudí a Google y encontré en Wikipedia una página muy completa sobre la historia y las características de lo friki y el frikismo , e incluso una página dedicada al día del orgullo friki, el 25 de mayo, en conmemoración del estreno del enésimo episodio de Star Wars en el 2006.

El lenguaje juvenil es interesante en sí mismo, pero además, muy a menudo, sugiere horizontes insospechados para la reflexión filosófica, pues apunta a fenómenos emergentes nuevos en el ámbito de la cultura o de los comportamientos sociales (por ejemplo, la ambigüedad del verbo "salir"). En esta ocasión, después de escuchar a diversos estudiantes sobre esta materia, y tratar de adentrarme en la esencia del frikismo, vino a mi memoria la discusión del esencialismo que lleva a cabo Wittgenstein en los parágrafos 65-71 de las Investigaciones filosóficas.

Estaba analizando Wittgenstein cuál era la esencia del lenguaje y después de enumerar múltiples usos del lenguaje, los diversos juegos de lenguaje, se objeta a sí mismo: "No has dicho en ninguna parte qué es lo esencial de un juego de lenguaje y, por tanto, del lenguaje. Qué es común a todos esos procesos y los convierte en lenguaje, o en partes del lenguaje. Te ahorras, pues, justamente la parte de la investigación que te dio en su tiempo más quebraderos de cabeza, a saber, la tocante a la forma general de la proposición y del lenguaje" (IF & 65). Algo parecido podría objetarme yo ahora: te has dedicado a preguntar a la gente joven a quiénes consideran frikis, cuándo usan la palabra friki o sus derivados (frikada, frikaja, etc.), pero no te has adentrado en cuál es la esencia de lo friki, qué es ser friki en sí mismo.

Mi respuesta a esa objeción no puede ser muy distinta de la de Wittgenstein. No hay un conjunto de propiedades necesarias y suficientes que deban poseer todos los frikis. Parafraseando a Wittgenstein, no hay algo que sea común a todos los que llamamos frikis, "no hay nada en absoluto común a estos fenómenos por lo que empleemos la misma palabra para todos, sino que están emparentados entre sí de muchas maneras diferentes. Y a causa de este parentesco, o de estos parentescos, los llamamos a todos" (IF &65) frikis.

No digas: "Tiene que haber algo común a ellos o no los llamaríamos frikis", sino mira si hay algo común a todos ellos. Si los miras no verás algo que sea común a todos, sino que verás semejanzas, parentescos y ciertamente toda una serie de ellos. Como se ha dicho: ¡no pienses, sino mira! Y el resultado de ese examen es el siguiente: Vemos una complicada red de parecidos que se superponen y entrecruzan. Parecidos a gran escala y de detalle. No puedo caracterizar mejor esos parecidos que con la expresión "parecidos de familia"; pues es así como se superponen y entrecruzan los diversos parecidos que se dan entre los miembros de una familia: estatura, facciones, color de los ojos, andares, temperamento, etc., etc. —Y diré: los 'frikis' componen una familia (cf. IF & 66-67).

Sin duda, Ludwig Wittgenstein, el pensador más profundo del siglo XX, era bastante friki.

8 de noviembre de 2006

2º Sesión del Grupo de Escritura Filosófica

Ha tenido lugar en el día de hoy la 2º sesión del Grupo de Escritura Filosófica, y ha sido todo un éxito, en la que hemos leido los textos que han escrito nuestros filósofos y filósofas.

Especialmente hay que destacar el debate posterior en el que visiones de todo tipo se han manifestado, hasta llegar al choque directo de posturas. Sin embargo, hay que recalcar que finalmente se ha llegado a un punto en común, aunque solo haya sido en un tema concreto y no en la globalidad de la cuestión tratada.

Como recordarán el tema de esta sesión era: "¿Qué es lo friki?"
. Se han presentado cinco textos que irán siendo publicados poco a poco. Solo recordarles que para la próxima sesión el tema a tratar es el de: "Individualismo o la radicalización del individualismo".

7 de noviembre de 2006

Un reflejo de la sociedad: el botellón por Ignacio Salinas

El botellón es una de las prácticas más difundidas entre la juventud actual. Hay quienes lo defienden, otros en cambio se muestran muy críticos con él y con todo lo que tenga que ver con las formas de diversión de los jóvenes. Ante estos dos polos, debemos ser equilibrados, intentar buscar un término medio, ya que ambas posturas, en cuanto tales, son verdaderas. Sólo teniendo una posición abierta, sin prejuicios, aunque eso sí, con principios, se puede tratar la cuestión del botellón y de cómo se divierte la juventud de hoy en día. Las posiciones dogmáticas, que podríamos denominar de carácter etnocentrista, tanto de un lado como de otro son muy negativas, y no consiguen llegar a ningún punto de encuentro.

La cultura occidental, desde sus orígenes, se encuentra muy relacionada con lo que es el consumo de alcohol. Los países mediterráneos llevan produciendo vino prácticamente desde el comienzo de la actividad agraria. En este sentido, la ingerencia de alcohol ha sido siempre algo normal durante la comida. Cualquier reunión social se celebraba con el acompañamiento del alcohol. Esta tradición sigue manteniéndose, es más, sigue formando parte del carácter esencial de cualquier celebración. No obstante, hay quienes no tienen en cuenta esto, y se dedican a criticar el botellón como una forma absolutamente censurable de diversión. Pues bien, habría que decirles a estas personas que los jóvenes no hacen nada anormal, sino que se comportan según sus costumbres, aquellas que han visto y vivido en su entorno cultural. Lo que sí es cierto es que la juventud de hoy en día bebe demasiado y desde una edad demasiado temprana. Sin embargo, éste es un problema que de nuevo no se le puede achacar a los jóvenes, por lo menos exclusivamente, ya que es algo de lo que la sociedad es hasta cierto punto culpable. Los adultos, especialmente en España, beben mucho, sobre todo cuando se reúnen en celebraciones: comidas con amigos, bodas, comuniones… Los jóvenes actúan, todavía sin un criterio propio consolidado, dejándose llevar por lo que ven, especialmente y como es lógico, siguiendo el ejemplo de sus padres. De esta manera, beben, y en exceso, porque así creen que ya están más cerca de la ansiada madurez, etapa de la vida en la que uno puede hacer lo que le apetezca sin dar explicaciones a nadie, y en definitiva, es libre.

Efectivamente, lo que buscan los jóvenes emborrachándose es acercarse más a esa edad adulta, que tocan con las puntas de las manos. Aunque hay que señalar, como es evidente, que ésta no es la única causa que les lleva a beber. El mundo al que transporta el alcohol es demasiado seductor como para que no se busque como un fin en sí mismo. Las sensaciones, la apertura que sufren hasta las personas más tímidas… con una borrachera de sábado son inalcanzables con el simple poder de la razón. Así, cada fin de semana, los jóvenes se dirigen a beber a cualquier casa o plaza pública. Cada trago es una oda a las buenas experiencias, a la diversión sin límite que el alcohol nos proporciona. En un mundo en que la felicidad parece una utopía, toda la sociedad necesita su “dosis”, ya sea de alcohol, drogas, teledeporte las 24 horas etc. Cualquier cosa que nos evada de este mundo demasiado real nos vale. Necesitamos estar enganchados a la nada para poder seguir adelante. Ésa es la tristeza de nuestro tiempo, y no sólo se le debe achacar a la juventud. Es nuestra sociedad la que cada día fomenta el botellón, ofreciendo un mundo que vale menos la pena que una botella de “calimocho”.

De esta forma, el problema del botellón, concebido exclusivamente en su vertiente más dura, de mero instrumento para emborracharse, debe insertarse dentro de un contexto más amplio, global, para entenderse bien. La sociedad tiene que encontrar la respuesta a sus preguntas, el fin, y de esta manera, el camino por el que dirigirse. Como dice Max Scheler: “El hombre no sabe lo que es, pero sabe que no lo sabe. ¿Qué hacer para salir de ese impase?”. Esa es la cuestión que debe resolverse y que, al fin y al cabo, es la que nos está provocando demasiados problemas tanto a los jóvenes como a los adultos.

6 de noviembre de 2006

Mi vecina la del quinto por Anónima

El otro día vi a mi vecina la del quinto (ésa que hasta hace dos días se me solía quedar mirando absorta, desde su metro y medio de estatura, cuando coincidíamos en el ascensor) dándose el lote, borracha perdida, con un tiparraco en el portal. No sé si será que me estoy haciendo vieja, o si ya no recuerdo aquella ligereza adolescente, pero no pude menos que sentir una profunda vergüenza ajena ante el espectáculo. Una sensación de “¿pero qué está haciendo?” se apoderó de mí hasta tal punto que volví la cabeza al pasar, no por morbo (a mí qué me importa lo que haga esa niña con su novio), sino para cerciorarme de que era verdad lo que mis ojos veían. Ella me miró y siguió a lo suyo, como si no hubiera nadie pasando.

Fui caminando hasta el sitio donde había quedado con mis amigos para salir por ahí a dar una vuelta, recreando una y otra vez la imagen imborrable de mi vecina haciendo el ridículo en mi edificio. Cuando llegué, me los encontré, como siempre, bebiendo. Alguno que otro ya borracho. Anduvimos toda la noche de bar en bar, bailando y bebiendo copas (unos más que otros). Como era de esperar, yo, que seguía pensando de vez en cuando en mi vecina la del quinto, empecé a relacionar las dos situaciones. Miraba a mi alrededor y sólo veía a gente haciendo el ridículo, con su narcisismo extravagante, inoportunos, inelegantes, insoportables… borrachuzos.

Y empecé a tomar conclusiones. Cada fin de semana, lo que se hace fundamentalmente entre los jóvenes es beber hasta emborracharse. Y parece que el hábito tiene su origen en un deseo de libertad, de autonomía respecto a las normas sociales. Sí, la gente dice beber para evadirse de las imposiciones cotidianas, pero los resultados suelen ser bien distintos: comportamientos bochornosos, decisiones indeseadas, pérdida de la conciencia que nos hace libres.

Además me di cuenta de que, si una no se emborracha, no encaja en semejante desorden. Porque se encuentra rodeada de un sinsentido, de una algarabía de cuerpos incapaces de percibir el sentido de la interacción, discapacitados para nadar en ese mundo mágico de las interconexiones sociales. Al emborracharnos es como si perdiéramos ese instinto que nos permite orientarnos a través de la vida social. Nos encierra en un cuerpo que ha perdido toda capacidad de movernos libremente a través de las relaciones intersubjetivas. Nos deja atontados e insensibles a la presencia del otro.

Cuando mi vecina estaba allí, dale que te pego con su compañero, indolente a lo que ocurría a su alrededor (imagino que yo no sería la única persona del vecindario que se la encontró en ese estado), estaba escogiendo perderse la oportunidad de ser ella misma. Y es que no somos nosotros si no dejamos que la presencia incontestable de los otros influya de algún modo en nuestras elecciones. Dado que al día siguiente se habría despertado con una sensación de “tierra trágame” (seguro que sí, nos ha pasado a todos), lo normal habría sido que mi vecina hubiese sentido vergüenza cuando la miré a los ojos. Pero no ví rastro de inseguridad en su cara. Vi más bien como un vacío en su mirada, un hueco impersonal, una no-actitud. No era un desafío arrogante. No era un “¿tú qué miras?”. Ni un “hago lo que me da la gana”. Eso no me habría asustado tanto. Lo que me dio miedo, lo que me horrorizó de veras fue la pasividad absoluta con que estaba ahí. Estaba manejada, no es que actuara por instinto, sólo no actuaba. Era actuada. Sí, porque se movía desde dentro, pero no era ella la responsable de sus movimientos. Había actividad, pero no había persona. Fue extraño.

Es como si el mundo funcionara sin nosotros, cuando bebemos. Y obviamente, sin nosotros el mundo toma caminos que no encajan con nuestros intereses. Me viene a la memoria aquella ya célebre reflexión de la escritora Lucía Echeverría que protestaba contra la estupidez de los jóvenes españoles (que se unían a manifestaciones a favor del botellón) frente a la sensatez de los franceses (que salían a la calle para defender su derecho a un contrato digno). Mientras bebemos, la vida sigue su curso sin nosotros. Y sin nosotros, los empresarios se frotan las manos firmando contratos basura que nadie parece estar dispuesto a rechazar. Está la vida como para rechazar una oportunidad de empleo. Casi hay que dar las gracias por que le cojan a una de prácticas no remuneradas. Porque a la cola hay siempre gente dispuesta a trabajar gratis. Y nadie se queja. Y seguimos bebiendo, y bailando borrachos en la calle, como para celebrar ¿qué? No quiero ponerme trágica, pero a veces se me ocurre que nos estamos volviendo idiotas del todo.

¿Y quién sale beneficiado de todo esto? Nosotros desde luego, no.

4 de noviembre de 2006

La percha del botellón por Jaime Nubiola

El mayo pasado escribía que "la denominada cultura del botellón, esto es, la forma de vida de los jóvenes que se emborrachan cada fin de semana, está constituida por aquéllos que han renunciado en su vida práctica a hacerse más preguntas, por quienes han decidido que no compensa pensar y que basta con hacer como los demás para evitar el mortal aburrimiento en el que habitualmente viven. Se emborrachan para desconectar de sus estudios y de sus padres; para lograr una sensación de felicidad que les libere al menos por unas horas del aburrimiento vital. A muchos les basta con pasar mortecinamente los días de la semana y sentir que viven en el fin de semana gracias al alcohol y a otras sustancias estimulantes consumidas en compañía. (...) Nuestros jóvenes se emborrachan porque se aburren: ahí está el problema vital. Se aburren porque han clausurado su capacidad de aprender de sus maestros, de sus padres, de sus profesores. (...) Nuestros jóvenes se aburren porque sus profesores han matado sus ganas de aprender. Sólo si los profesores están persuadidos de que su tarea educativa es lo que la humanidad necesita, lograrán contagiarles la ilusión por aprender, el afán por hacer progresar la ciencia y por construir entre todos una sociedad más justa."

Han pasado unos meses y no estoy en desacuerdo ahora con lo que entonces escribí, pero sí me parece que no había captado un elemento importante que me hizo notar hace unos pocos días un experto en actividades juveniles. Muchos chicos de 15 años —venía a decirme— se quedarían el viernes por la noche en su casa viendo tranquilamente la televisión con sus padres, si no fuera porque les horroriza imaginar lo que pasará el lunes.

Y lo que pasará el lunes es que sus amigos descubrirán que es un "colgao" y esto es lo que más teme un joven de nuestro tiempo. Sus amigos le explicarán que se perdió la borrachera de fulanito que acabó en calzoncillos en una fuente, o lo que le pasó a zutanita con menganito, o lo que sea, para que quien no acudió al botellón se sienta verdaderamente un "colgao". En este sentido puede decirse que lo que engancha del botellón no es tanto el consumo de alcohol, como el sentido de la pertenencia a un grupo. Quienes se emborrachan en la noche del viernes o el sábado no toman ni un vaso de vino ni una cerveza durante el resto de la semana. El botellón es el gran elemento socializador de nuestra juventud actual. Será mejor o peor no sólo en función de la calidad de los líquidos ingeridos, sino sobre todo en función de la compañía.

La máscara del botellón por Paula Zubiaur

Desde que las elecciones del 2004 cambiaron la dirección de la política en España, ha habido una constante persecución para aniquilar ciertas costumbres que estaban ya arraigadas en la sociedad. Al parecer el Estado presume de preocuparse más por nuestra salud y califica como nocivos hábitos tales como fumar, beber, conducir temerariamente…costumbres que hasta entonces habían tenido un papel secundario en los planes políticos.

De entre los aspectos señalados quisiera centrarme en el tema del beber, y más concretamente en el del botellón. Esta actividad, que para los jóvenes es una forma más de reunirse y pasarlo bien, preocupa a los altos cargos de la sociedad. Y preocupa de verdad. De ahí que nos atiborren con publicidad en contra del alcohol en todos los medios: televisivo, prensa escrita, carteles publicitarios...que se mezclan con anuncios que promocionan bebidas alcohólicas en busca de beneficio. Si se me permite, llamaré a este efecto “paradoja publicitaria”.

El verdadero problema me parece que está en esa preocupación de la que hablaba. ¿Se preocupan por nuestra salud? Supongo que la cuestión va más allá del mero físico. Hace unos años eran otros los fenómenos los que movían las actividades de los jóvenes. Ahora beber se ha puesto de moda. Pero, ¿dónde está ese giro? ¿Por qué se ha producido?

Las raíces de este cambio sucumben con las relaciones interpersonales. Éstas se han visto afectadas por factores como las nuevas tecnologías (Play Station, ordenador, televisión), el individualismo, que aparta al hombre de la sociedad y lo encierra en sí mismo; el materialismo y consumismo exacerbados…Corrientes que pretenden el bienestar, sí, pero de cada uno: que yo compre beneficia al vendedor, y al fabricante que aquél venda sus productos…pero es una cadena donde no se busca en el otro más que la satisfacción de las propias necesidades. Yo mi me conmigo, ésta es la filosofía del siglo XXI. Los jóvenes ya no quedan para comer pipas, porque se aburren. Con los padres uno ya no habla, porque hay series de televisión más interesantes. A uno no le importa que el del al lado yazca muerto mientras él siga vivito y coleando. Y entre todo esto están las relaciones personales. Pero los jóvenes ya no se relacionan como antes, no porque no quieran, sino porque no saben. Han aprendido a cuidarse y a sobrevivir por sus propios medios, solos, apartados del resto, no física pero sí psicológicamente. Y ante este problema llegan los sábados, y el alcohol cura ese aislamiento colocándonos en el puntillo donde uno pierde la vergüenza. En ese estado que es un yo inconsciente. Así uno cree tener amigos con quienes poder hablar. Amistades que se esfuman con la resaca del domingo, porque nunca existieron.


Y entretanto a los políticos ¿realmente les importa sólo nuestra salud? ¿No les preocupa más bien el futuro próximo? El futuro está en los jóvenes, en muchachos que se encierran a jugar con la videoconsola, que se anidan solos en la biblioteca y no salen a comer golosinas porque tendrán que compartirlas siempre con el compañero que no tiene un céntimo, en definitiva con jóvenes que se emborrachan. Tanta publicidad “anti” no sirve tanto para erradicar como para publicitar el hecho. El problema no está en el hecho mismo de beber, que en sí mismo no perjudica más que a la salud. La cuestión tiene mucho más fondo que el hecho de reunirse para tomar unas cuantas copas. El verdadero problema está en los ideales que la juventud no tiene, no porque no los quiera, sino porque los encargados de la educación tienen poco afán por enseñárselos. Eso es lo que debería haber, menos gasto en evitar fenómenos particulares y más empeño por mejorar los aspectos generales de la vida humana, sobre todo si se trata de invertir en el bienestar futuro, que somos nosotros, los jóvenes.

3 de noviembre de 2006

Una cuestión personal por Beatriz Martínez

Desde hace un par de años, la cuestión de si es lícito o no el botellón se ha convertido en un tema de continuo debate. El hecho es que después de haber sido prohibido en muchas ciudades de España, cada fin de semana se sigue repitiendo la misma estampa. Sobre las once de la noche algunos parques y calles se llenan de jóvenes con botellas y ganas de divertirse, el mobiliario urbano se convierte en una barra improvisada y las conversaciones, guitarras y gritos de algunos se suceden hasta altas horas de la madrugada. El coste final es el de algunos chicos con coma etílico, muchas borracheras, suciedad y gran parte del vecindario indignado por la nueva forma de divertirse de la juventud.

Aunque se han tomado muchas medidas legales en contra del botellón y la mayor parte de la población está en contra, los jóvenes fieles a su condición natural siguen haciendo lo que quieren: reivindicando cada fin de semana qué es lo que les gusta hacer a pesar de los problemas que suscita estar al margen del sistema y tener en contra a casi toda la sociedad no- joven, por cierto, muy numerosa en España.

La “cultura del botellón” se ha impuesto sobre otras formas de ocio. Los ciudadanos se quejan, los bares nocturnos se arrancan los ojos cada vez que unos jóvenes beben frente a su establecimiento, los ayuntamientos prohíben estos eventos. Pero nadie se pregunta por qué. Por qué se ha impuesto esta forma de divertirse sobre otras, por qué el botellón genera tantos problemas si en realidad ni si quiera es algo violento o peligroso, por qué los jóvenes beben en lugar de hacer otras cosas, por qué ensucian…Se imponen medidas pero no se buscan soluciones. Se intenta erradicar el botellón, cortándole únicamente las puntas, si lo que preocupa es el nuevo modo de diversión de la juventud, la solución de prohibir el botellón no vale.

No considero que hacer botellón sea la manifestación de una libertad excepcional, ni que los jóvenes encuentren en tales eventos la posibilidad de ejecutar una libertad coartada en otros ámbitos. Simplemente es una opción entre varias para pasar una noche de fin de semana; que para algunos sea la única posibilidad, como se alega cuando intentan erradicar este movimiento, es otro problema. Un problema que va más allá de beber o no beber, de que exista el botellón o no, sino que se enraíza en lo más profundo del individuo, en sus motivaciones y expectativas vitales. Tiene que ver con el vacío existencial de quién lo padece, muy común en esta época y no con que se participe en un botellón, se beba en una casa o en una discoteca. Ese desatino afecta a muchos hijos de nuestro tiempo, jóvenes y mayores. Y se puede manifestar de muchas maneras. Es tan preocupante la situación de un joven que baraja cómo única opción acudir a un botellón como la de personas que pasan su fin de semana en un centro comercial, realizando compras, la mayoría innecesarias y en ocasiones hasta compulsivas. La función que estas personas otorgan al ocio es la misma: Gastar el tiempo en algo, da igual en qué. Si es posible, que no implique pensar demasiado y sea lo más placentero posible.

Si lo consideramos desde ese punto de vista nos daremos cuenta de que la cuestión de fondo de ese tipo de afirmaciones no radica en que exista el botellón o no, sino en que pueda llegar a forjarse entre los jóvenes una conciencia de ocio productivo. Siendo así, no creo tampoco que ir a un botellón un viernes o sábado sea necesariamente sinónimo de ocio improductivo. Los jóvenes también utilizan ese tiempo para ver a los amigos que en los días de semana no pueden ver, para hablar de cosas interesantes con conocidos o incluso con desconocidos que pueden ofrecer una nueva visión sobre un tema. Un botellón permite lo que una discoteca imposibilita: hablar. Ocupar tu tiempo de ocio en algo que no es exclusivamente beber, fumar y bailar. Te permite conversar.

Entiendo que para alguien que nunca haya estado en uno parezca algo absurdo que sólo genera basura y ruido. Pero no todos los jóvenes se comportan igual, hay mucha gente que recoge sus restos. Otros en cambio los dejan indiscriminadamente en el suelo. Pero me parece hipócrita que en ciudades como Madrid se pueda responsabilizar a los jóvenes de esto, mientras la mujer que se ha quejado de la suciedad que genera un botellón, esa misma mañana permite a su hijo que arroje el cartón de una revista en mitad de la calle. Está claro su hijo será uno de esos que el día de mañana dejarán las botellas en mitad del parque.

Ésta, en mi opinión, es uno de los mayores errores que se cometen a la hora de considerar la cuestión botellón. Cuando se toma a los jóvenes como colectivo y no como individuos. No todos somos iguales, no todos salimos con las mismas intenciones, no todos cuando salimos buscamos las mismas cosas, no todos dejamos basura, no vamos al botellón a gritar, vamos a hablar. No todo es malo en el botellón; si lo que preocupa son esos comportamientos huecos de los jóvenes, su automatismo, su escepticismo, hasta que las medidas no vayan orientadas hacia esa dimensión el botellón, o por lo menos lo que la gente asocia con el botellón, no acabará, al menos de momento.

En lo que a mí respecta como se puede deducir de lo dicho, me gustan los botellones y no me parecen tan nocivos como los pintan. Para mí supone una forma de compartir mi tiempo y conversar con otras personas mientras tomo algo con poco gasto. En un entorno más sano que una discoteca. El escaso gasto que me supone me permite hacer otras cosas con el dinero que me podría gastar en salir por bares o discotecas. Mi experiencia me dice que los que gritan, gritan estando en un botellón o trasladándose de un bar a otro. Son los llamados “notas” que siempre van dándola por ahí. El ruido que genera un botellón podría ser equiparable al que se existe en un calle repleto de pubs. Pero el botellón no compensa por que sólo los chinos de turno sacan algo de beneficio económico. Con este ensayo sólo pretendía defender un poco a un evento que tantos buenos momentos me ha dado, con mis amigos, con gente que acabo de conocer, con música en directo, viva …Y que en cambio tantas críticas, a mi parecen poco perspicaces, se le realizan.